Los recuerdos tienden a reescribirse, a maquillarse, pero hay algunos que permanecen exactos. A Dioni Galparsoro, ciclista del equipo Kaiku, le dura uno desde los trece años. Pasaba unos días con sus padres en Cangas de Onís, en la puerta de los Lagos de Covadonga. Acababa de sacar la licencia de categoría infantil y soñaba con ser Perico Delgado. Se veía, como el segoviano, flanqueado por unas cunetas que tarareaban su nombre. Y se lanzó al reto: subir a los Lagos. Se enfundó el maillot de su ídolo, el del PDM, y tiró hacia arriba. «Mis padres venían por detrás con el coche. Me calenté, quería quedar bien». Las fuerzas le duraron hasta mediada la cuesta; y el ánimo aguantó sólo un poco más, hasta el tramo de La Huesera, el más duro. «Ya no pude más. Tuve que echar pie a tierra. Estuve media hora tirado, sin poder reaccionar, vacío». Esa derrota late nítida en su memoria. Se siente un deudor de los Lagos, de la Vuelta. Nunca ha vuelto, jamás ha disputado la ronda española. Lo mismo le sucede a su equipo, el Kaiku. Ahora, en la temporada que arranca, los dos quieren suturar esa cicatriz. Es un objetivo compartido: conocer la Vuelta. Buena parte de su futuro depende de ello.
Galparsoro es ciclista por estimulación genética. De su abuelo Dionisio heredó el nombre y la vocación. «Él no llegó a competir, pero siempre le recuerdo con una bicicleta, impecable, con el maillot del Reynols o el Alfa Lum». Con él comenzó a rodar. Dioni tenía doce años y Dionisio, 67. «Me llevaba atado». A Dioni le costó dejar atrás a su abuelo. Ahora, el ciclista tiene 27 años y su maestro, 82. «Ya no sale en bici, pero anda cada día más de diez kilómetros». Y hasta hace poco, el 'aitona' le reventaba en las cuestas cuando salían a cazar por los alrededores de Ataun.
Sobre esa voluntad legada ha crecido la carrera deportiva de un ciclista llamado, según los expertos, al éxito, pero que no termina de hollar su cima. Como aquel día en los Lagos. Con el abuelo encaminando sus pasos y el padre anotando cada triunfo en un extenso y bien guardado archivo, Galparsoro creció: se apuntó a la escuela de la Sociedad Ciclista Loinaz, de Beasain; ganó sus primeras carreras un año después, incluida una en Francia - «me entregó el trofeo y un maillot del equipo 'Gan' Gilbert Duclos Lasalle, que aún estaba en activo», recuerda-; rivalizó con Aitor Pérez Arrieta, el del pueblo de al lado, de Zegama, el adversario que le retaba en el Liceo de Beasain. Cosas de chicos. Riñas de barrio. Ahora son amigos y compañeros de profesión.
Luchó también contra las alergias que siempre, también ahora, le tumban al final de la primavera. Recompuso como pudo el ánimo tras la muerte de su madre. Y se convirtió en el mejor amateur del calendario. Su triunfo en el Memorial Valenciaga, con los colores del Caja Rural -germen del Kaiku- le catapultó. Estaba convencido de que el éxito le esperaba en carreras que aún no conocía, en el campo profesional. Pero nadie le reclamó. Su carácter se resquebrajó. Incluso se fue de vacaciones a Tenerife seguro de que todo había acabado. La trastienda del ciclismo vasco se hizo eco de un clamor: no se podía perder a un corredor así. El Euskaltel-Euskadi acudió en su auxilio y le dio un maillot profesional. Pero sus dos años vestido de naranja no coincidieron con su vieja deuda: ni con los Lagos ni con la Vuelta. Eso sí, ayudó a Egoi Martínez a ganar el Tour del Porvenir.
A Galparsoro siempre le ha marcado su origen. Por eso, cuando tenía asegurada la renovación con el Euskaltel, decidió unir su futuro al del Óscar Guerrero, su antiguo director en el Caja Rural, su cicerone, el director que mejor ha sabido exprimirle. Guerrero acababa de edificar un equipo nuevo, el Kaiku, enclavado en el segundo nivel del ciclismo profesional. ¿Un paso atrás? «Óscar y yo somos amigos. Me dijo que no me pediría que dejara el Euskaltel si él creyera que me perdudicaba». Un frenazo para coger impulso. Optó por una escuadra de estructura familiar, casi íntima, y descartó el horizonte 'Pro Tour' del Euskaltel.
Los invitados
Eso sucedió el año pasado. Desde entonces caminan de nuevo juntos. Hacia la Vuelta. En 2005, cuatro amigdalitis yuxtapuestas le cortaron la temporoda. Pese a todo sumó sus dos primeros triunfos. «Eso me motiva, si estando mal he ganado... Este año no pienso defraudarle a Óscar». Piensa en la Vuelta al País Vasco y en el 1 de marzo, el día elegido por Unipublic, entidad organizadora de la Vuelta, para desvelar las plazas destinadas a los equipos invitados. En 2005, el Kaiku se ganó ese hueco en las carretera, pero lo perdió en el laberinto de los intereses comerciales. Ni Galparsoro ni el equipo navarro pudieron debutar. Ahora, en la segunda y última temporada que la formación rosa tiene asegurada de momento en el campo profesional, el corredor y su equipo pedalean ya -hoy finaliza su concentración en Alfaz del Pí- hacia ese objetivo, vital para el Kaiku y emocional para Galparsoro. De ahí, de la Vuelta, guarda un recuerdo y espera un pedazo del futuro.