El dato correspondiente al pasado mes de diciembre no ha hecho más que corroborar la impresión general que ya nos habíamos formado sobre la inflación en 2005. Si el crecimiento y el empleo son las dos asignaturas en las que destaca con nota alta la economía española, los precios y el sector exterior son las dos que necesita recuperar. El 3,7% de aumento es el peor dato registrado de los últimos cuatro ejercicios y se sitúa muy lejos por encima de los cálculos iniciales del Gobierno. El 2% previsto era tan disparatado que no se lo creía ni el funcionario optimista que lo fijó; pero la diferencia final es mucho mayor de lo que hubiese sospechado el más pesimista de los técnicos empleados por el Ministerio de Economía.
A pesar de ello, y como bien saben, el problema principal que nos plantean los precios no se encuentra en el valor absoluto de la subida, sino en la diferencia relativa con el IPC de nuestros competidores, que se ha ido otra vez hasta el punto y medio. Con ella, en primer lugar, se mantiene la erosión de la competitividad que tanto y tan gravemente está dañando a nuestro sector exterior. En segundo, las empresas tendrán que hacer frente a la actualización de los salarios que habitualmente contemplan los convenios, como consecuencia del desvío del IPC real sobre las previsiones. Y, en tercero, mantenemos un año más la distorsionadora anomalía de tener unos precios al 3,7%, unos tipos de interés nominales al 2,25% y unos reales negativos de casi punto y medio.
De todas maneras, si todo esto les parece preocupante, guarden fuerzas y esperen a enero, que reflejará las subidas de cosas tan importantes como la electricidad y el gas.
En resumen, otro año más que se presenta crudo en materia de inflación.