Han pasado 120 años desde que Eustaquio Astondoa fundara una pequeña empresa pirotécnica en la localidad vizcaína de Areatza, antes Villaro, pero el tiempo transcurrido no ha conseguido desvirtuar su legado ni mermar la pasión de sus descendientes por la creación netamente artesanal del complemento festivo por excelencia. Así, Izaskun Astondoa, bisnieta de Eustaquio, recuerda con especial emoción el homenaje que el Ayuntamiento de Bilbao brindó recientemente a su popular saga familiar. Como no podía ser de otra manera, hubo un espectáculo de fuegos artificiales que quiso recuperar las formas y la técnica que se empleaban en 1885. Un aniversario de traca. «Aunque ahora se lleven los espectáculos aéreos, en aquella época era más común recurrir a piezas giratorias terrestres con soportes de madera, como la 'salamandra'. Desde los años 80 casi no se ven estos elementos fijos. Por eso, escogimos piezas de antaño como la bola con aspas, los dos canastillos, los abanicos o los molinetes», recuerda la gerente de la compañía.
Un incendio ocurrido en 1962 dio al traste con gran parte de las cartas de su bisabuelo y valiosos documentos familiares que han dejado una laguna en los orígenes de los Astondoa. «Parece mentira que tengamos 120 años de historia tan mal documentados. Mi propósito es indagar y reconstruir lo que ocurrió en aquellos primeros años», comenta Izaskun.
La técnica de disparo es de las pocas cosas que ha sufrido un inevitable cambio con el paso del tiempo. «El tiro manual se ha abandonado, ahora prima el disparo semi-automático. También se emplea cada vez más el ordenador, pero a mí no me gusta porque da un toque demasiado perfecto al espectáculo», critica la experta.
Otra de las novedades se ha producido en la tienda de la pirotecnia. Aquí es más fácil dar con productos orientales que con 'cohetes bomba' o 'japonesas', los únicos artículos de creación propia de los estantes. Es posible adquirir petardos a partir de 1 euro y baterías -simulan un espectáculo aéreo de fuegos a pequeña escala- por hasta 150 euros. «A este precio sólo pueden vender los chinos», admite entre risas Alfonso Molina, técnico responsable de la empresa. Aparte del comercio al público en su local, Astondoa vende sus artículos artesanales a distintos sectores profesionales: desde bengalas para barcos a juegos pirotécnicos para espectáculos culturales.
Las precauciones
Respecto a las precauciones que se deben tomar a la hora de manipular estos artefactos explosivos, que todos los años dejan algún herido, Molina es tajante: «Sólo hay que leer bien las instrucciones que figuran en el envoltorio».
La inauguración del museo Guggenheim, en 1997, o su ya imprescindible presencia en la mayoría de las fiestas de verano en Vizcaya avalan a esta empresa situada en las faldas del monte Gorbea, que no frena su producción en todo el año aunque las épocas de mayor demanda sean las navidades y el período que va de mayo a octubre. «Agosto es el peor mes para los técnicos, que deben simultanear sus labores de taller con los desplazamientos a las fiestas populares para lanzar los cohetes», apunta Astondoa.
Hasta el momento, la célebre compañía ha venido participando en la Aste Nagusia de Bilbao en el apartado de exhibición y surtiendo de soporte técnico al evento, pero la curiosidad por averiguar qué puesto ocuparía si se presentara al concurso se acentúa cada año. «Me gustaría mucho participar. Igual el año que viene nos animamos», revela.
Cola para las compras
Otro de los rituales asociados a esta empresa es la tradicional peregrinación de diciembre que lleva hasta Areatza a miles de vizcaínos y vecinos de comunidades limítrofes en busca de petardos, cohetes, tracas y baterías de todas las formas y colores para celebrar la Navidad. Este año la cola estuvo formada por más de 8.000 personas, que se dejaron 190.000 euros en munición festiva.
Agotaron las existencias. Sólo resisten los carteles que indicaban el contenido de la balda. «En esta época arrasan con todo y ya no tenemos absolutamente nada. Normalmente está a reventar», indica el encargado. Había bombas 'reales', 'santa bárbara', 'cohetes japonesa', de anuncio de fiestas, relámpagos, cuádruples titanio, tracas de fantasía, detonantes...
Respecto a los gustos de los vizcaínos, Astondoa revela que lo definitivo no es la procedencia del comprador, sino su edad. «A los chicos de 18 a 22 años les gusta mucho el ruido. Sin embargo, las familias con niños buscan que prime el color». En su casa, donde sería de esperar un gran despliegue para la ocasión, la bisnieta de Eustaquio admite que sólo utilizaron cinco artefactos aunque, eso sí, para dispararlos emplearon «aparatos de radiocontrol, algo que no puede hacer todo el mundo».
Pensando en el futuro, la cuarta generación de los Astondoa desea ahondar aún más en «la identidad de la casa» a sabiendas de que los fuegos artificiales «siempre formarán parte de cualquier evento».