Se han cumplido seis meses desde la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de los países más ricos, el denominado G-8, celebrada en el Reino Unido el pasado mes de julio y centrada en la ayuda urgente que necesita África para no sucumbir ante la pobreza. Pasado ese tiempo, no hay visos de que se hagan realidad los compromisos adquiridos por los entonces reunidos en Gleneagles, en el sentido de duplicar las ayudas al continente africano hasta alcanzar los 25.000 millones de dólares en 2010.
Entre ocho y diez millones de muertes anuales en África son provocadas por la pobreza. La situación de la zona subsahariana resulta particularmente hiriente, pues a la miseria extrema que endémicamente deben sufrir sus habitantes hay que añadir tres años seguidos de brutal sequía que les han privado de las semillas necesarias para los cultivos elementales con los que sobrevivir y mantener sus escasos ganados. A diferencia de las regiones pobres de Extremo Oriente, los africanos no han conocido la 'revolución verde' que multiplicó la productividad agrícola en países como India y las enfermedades -malaria, lepra y variantes, o sida- causan verdaderos estragos en una población que, además, afronta un índice de aislamiento geográfico -la mayoría de los países carecen de salida al mar- y de conflictos bélicos elevadísimo.
Las cifras sobre el combate a la pobreza son fáciles de calcular, pero no hay voluntad verdadera de cumplirlas. Simplemente si los países donantes cumplieran la promesa de dar el 0,7% del PIB al desarrollo, esto significaría una inversión anual de 70 dólares por africano, frente a los 30 actuales, lo que podría propiciar que mil millones de personas tuviesen una oportunidad de salir de la pobreza en el primer cuarto de este siglo. Aunque tampoco se trata de repartir dinero sin más, y para cubrir apariencias morales, sino de elaborar recetas económicas y de apertura de mercados más perspicaces y prácticas que las clásicas ayudas directas monetarias. La Humanidad se está jugando en África mucho más que las sacudidas emocionales cada vez que su realidad se coloca ante nuestros ojos.