Al principio, los ciclistas eran aventureros. Como el vizcaíno Vicente Blanco, el 'Cojo', uno de los pioneros que se lanzaron al Tour. Tipos entecos en tiempos de hambre. El 'Cojo', de profesión botero en la ría, apenas conocía la carne, ni sabía nada de entrenamientos, aerodinámica o biomecánica, pero agarró la bici y tiró hacia París, hacia la salida del Tour 1910. Eso era al principio. Ahora, los ciclistas son relojes, mecanismos de precisión. Compuestos de carátula, manecillas, péndulo y osciladores. Buscan la perfección en la medida del tiempo. Saben que cualquier alteración, el más mínimo desajuste, provoca retrasos. Por eso, recurren a la biomecánica para pulir su funcionamiento, para hallar la posición perfecta de cada una de sus piezas. Tic, tac. Dos manecillas; dos piernas que pedalean sobre la esfera de un reloj.
La primera bicicleta del 'Cojo' era de señora y tenía por tubulares dos trozos de soga. Hoy, las bicis se confeccionan a medida para cada ciclista. Un guante de carbono. Pero incluso así hay que tallarlas en centros de perfeccionamiento como el que el Gobierno vasco tiene en Fadura. La biomecánica se ha convertido en una especie de pócima milagrosa. No lo es, aunque sí cura algunos males. Por Fadura pasan muchos profesionales y amateurs vascos. Hay dos tipos de clientes: los que padecen algún problema físico, generalmente en la espalda, y los que buscan la pedalada redonda, la que saque más rendimiento a su esfuerzo.
No es fácil hallar ese 'Grial'. Nada más llegar al centro, el ciclista se somete a una larga sesión de metraje: hasta 45 medidas, la mayoría antropométricas (distancias de las articulaciones, alturas, envergaduras, perímetros musculares....) y una decena de datos complementarios como la angulación del pie, la amplitud articular o la flexibilidad. Una vez calcado el jinete, pasa por la cinta métrica la montura. Los especialistas recogen 25 datos sobre la bicicleta, incluidos los ángulos del corredor en su posición habitual. Al final, cada deportista sale radiografiado, como congelado en una gota de ámbar. Es entonces cuando comienza el pulido. Orfebrería.
El ciclista se sube a una bicicleta estática conectada a un ordenador. Pedalea durante varios minutos a 90 revoluciones por minuto y 250 vatios de potencia -el ritmo medio de una competición-. Y ve en la pantalla las ondas de su otro corazón, el tic-tac de los pedales. «Al ver que la onda de la pierna derecha no es como la de la izquierda o que no aprovechan bien la fuerza, se dan cuenta de los errores», dice Jon Iriberri, técnico superior del Centro de Perfeccionamiento de Fadura. Ver para creer. A veces, hay un diferencia cercana al 15% de rendimiento entre una pierna y otra. Otras, el ciclista malgasta energías en los puntos muertos de la pedalada. Aun así, no es fácil variar la postura de alguien que lleva diez años como profesional y más de 300.000 kilómetros. Incluso hay corredores que tras sufrir una caída pierden su posición natural y tienen que readaptarse.
En vídeo
Para extraer el máximo beneficio de una pedalada, los técnicos juegan con varios elementos: longitud y altura de las tijas del manillar y del sillín; longitud de las bielas, y la posición de las 'calas', el enganche de las zapatillas con los pedales. Así, variando la posición de esas piezas y con la pantalla del ordenador como testigo, el ciclista comprueba la mejoría del giro. Economía de gasto. Eficacia. Además, se realiza una grabación en vídeo para comprobar el grado de rotación del tobillo. En esto, como en el resto de la variables, cada ciclista es un mundo: los hay como Perico Delgado, que aplicaba más fuerza con el talón, o como Armstrong, que pedaleaba más sobre la punta del pie. Por eso, los cambios no pueden ser traumáticos: un cambio de zapatillas o de pedales o un milímetro de más pueden provocar el drama, la lesión.
Cuando la brújula del biomecánico ha dado con la posición que parece ideal, se abre otra ventana informática: la electromiografía, que mide la cantidad de electricidad que genera cada músculo. Así, se descubren las descompensaciones. Músculos que soportan un sobreesfuerzo y otros que, en cambio, apenas intervienen. Es un test complicado, que cubre al ciclista de electrodos y que busca la coordinación intermuscular, el reparto equilibrado del trabajo. El otro tic-tac. El minutero y el segundero.
El reloj interior está ya calibrado, lo más cerca posible a la perfección. Luego, con todos los datos obtenidos, los técnicos de Fadura deducen fórmulas más sencillas (basadas en la altura del individuo y la longitud de sus piernas) para aplicar a todo tipo de usuario. Es la vocación del centro. Trabajar con la Fórmula 1 para luego mejorar el nivel de los utilitarios. Todos en camino hacia la pedalada perfecta. A punto. En punto. Como un reloj.