Antes de empezar el partido del Camp Nou habían ganado varios de los equipos de nuestra liga particular de los pequeños: Betis, Español, Cádiz, Racing y Alavés. Necesitábamos nada menos que ganar al Barça en su campo y, así y todo, quedaríamos situados prácticamente donde estábamos, en la zona de riesgo en que llevamos instalados toda la temporada. No era fácil y, sin embargo, pareció posible durante los primeros minutos. El Athletic salió a contener, tanto por zonas como mediante marcajes individuales, suma de varia intención, fútbol moderno y antiguo a la vez. Presionó con intensidad y salió a la contra en la primera parte, de manera que metió un magnífico gol, a medias de Yeste y Llorente, y pudo ponerse 0-2 con un buen tiro cruzado de Etxeberria. Sin embargo, el porcentaje de posesión del Barça durante esa primera parte fue del 71%.
El líder de la Liga es un equipo del que los niños de ahora recordarán, cuando sean adultos, la alineación. Sus futbolistas juegan de memoria, tocan a gran velocidad, presionan, rematan, se divierten. Si tienen el balón en su poder la mayor parte del tiempo, lo más probable es que elaboren unas cuantas ocasiones de gol y acaben metiendo alguna. Al Barça le estaba costando y entonces apareció el árbitro. La norma fundamental del arbitraje es que no se debe pitar si hay una duda razonable, pero el árbitro y su auxiliar decidieron que ese era su momento de gloria, en el que demostrar vista de lince y capacidad para juzgar las intenciones ajenas. Fue una de esas jugadas sin importancia de las que luego no se acuerda nadie si no se pitan, y que no se deben pitar porque no quedan claras ni tan siquiera después de varias repeticiones en televisión. El partido cambió radicalmente en ese momento. Perdimos otra vez, pero debemos seguir manteniendo la fe. Jugando con esa intensidad, llegarán los resultados.
Bien. Ha terminado la primera vuelta y tenemos 15 puntos. Así están las cosas. Veamos un somero estudio, no sólo aritmético, del futuro. Siempre es preferible conocer todas las curvas del camino, aunque luego se tomen una por una. Pues bien, son necesarios al menos otros 30 puntos, de un total de 57 posibles, para estar tranquilos. Eso significa ganar diez partidos de diecinueve (o bien nueve y tres empates, u ocho y seis empates, y así sucesivamente). Puede hacerse, pero no conviene olvidar que son los puntos necesarios para ocupar posiciones de UEFA, lo que el Athletic consigue muy de tarde en tarde, como muestran las estadísticas. Es, de hecho, el sueño anual de los aficionados más realistas: media docena de partidos reconfortantes y la clasificación para la UEFA. Pues bien, ahora es imprescindible llegar a esas altas cotas subiendo desde una depresión geológica, desde un histórico y matemático punto mínimo absoluto. El Villarreal, un equipo que está jugando muy bien, ocupa posición de UEFA con 31 puntos en una vuelta. Ese es el objetivo, ser al menos como el Villarreal. Puede hacerse, pero será mejor empezar cuanto antes. Hay otra manera más engañosa de llevar la cuenta, y es mirar de reojo a tres equipos que vayan peor. La jornada más reciente debe alertarnos al respecto: demuestra que cualquiera puede ganar en cualquier parte cuando menos se espera. Los otros equipos en peligro, los de la liga de los pequeños, no van a cedernos el paso porque seamos centenarios en primera. (Siempre fuimos de primera también, y nunca deberíamos dejar de serlo -con victorias o derrotas, en frío o en caliente- en discreción y respeto a los demás. En el Athletic, la buena educación debería ser obligatoria mediante contrato).