No hay duda de que la noche de los Globos de Oro ha sido como una inmensa coctelera en la que se han vertido los mejores y más variados jugos de una multiforme América. Tanto, sí, como para permitir una gala del Beverly Hilton con acceso libre a lo políticamente incorrecto, a la consagración de la naturalidad transexual, a la mezcla de industria con artesanía y a la confusión del arte con el cotilleo. Además, visto que el triunfo en el primer piso del Hilton iba para el cine más o menos independiente, pues entonces los perdedores de la industria y las 'celebrities' agasajadas o no han preferido el vino, el champán y las fiestas en los pisos superiores de In Style, la Warner o la NBC Universal. Incluso, como la crisis de la industria del cine no puede con el glamour finisecular de Hollywood, pues nada como un 'telecast' con comentarios estéticos del más que acabado Isaac Mizrahi. Comentarios amables y no malévolos, eso sí, ya que nunca se censuró el desafortunado diseño de Nicolas Gesquiere para una embarazada Gwyneth Paltrow, a la que le ciñeron su vestido crema a la altura del cuello. Mala estética, también, la de las escotadas Marcia Cross y Teri Hatcher, del clan de 'Mujeres desesperadas' y apretadas. Con todo, lo más desafortunado ha sido el vestido embutido de Mariah Carey y el desajuste al bies que le encajó su publicista a Mira Sorvino. Por el contrario, lo mejor y más elegante fue el clásico palabra de honor negro con lazo de Rochas que lucía Sarah Jessica Parker, el peinado andrógino a lo Jean Seberg y el 'vintage' corto y negro de Chanel con encaje que llevaba Natalie Portman o el Dior casi del archivo de Marc Bohan que se le recomendó a la atractiva Kate Beckinsale. Después de eso, de tanto 'glamour' andante, la verdad es que ya daba igual que la industria hollywoodense perdiera el 11% de espectadores en el año cinematográfico o que a George Clooney le diera por hacer un discurso contra la política de la Administración Bush en Oriente Medio.