Siempre ha habido clases en esto que Raymond Chandler llamaba «el simple arte de matar». Podría parecer que el homicidio es una industria muy pragmática, donde lo que cuenta es el resultado, pero siempre ha habido distingo entre las armas, y unas han gozado de más prestigio que otras. De otra manera, no se entendería la maldición que el Cid augura a Alfonso VI si jura su inocencia en falso: «Mátente con aguijadas,/ no con lanzas ni con dardos,/ con cuchillos cachicuernos,/ no con puñales dorados...» El cuchillo cachicuerno era arma de personal de baja estofa, rufianes y gente zafia mayormente.
La navaja era tradicionalmente un apero de gente de campo, de mucha utilidad para cortar el pan y el chorizo a la hora de almorzar, coger setas, cortar varas y muchas otras actividades menos útiles relacionadas con la vida campestre: tallar silbatos y figuritas de madera y hasta hacerse las uñas.
La vida moderna y capitalina, sin embargo, no tiene empleos honestos para la navaja, que se ha constituido en el arma de los hijos del agobio, delincuentes suburbanos sin cualificar. 'Navajeros' era el título de una película de Eloy de la Iglesia sobre delincuentes juveniles y navajeros eran los responsables de varios homicidios en Bilbao, el último en año nuevo y en el mismo centro de la villa.
El alcalde de Bilbao ha pensado que «no es de recibo que los navajeros pululen por la ciudad como si fueran los pasillos de su casa», ha ordenado identificar y cachear a los sospechosos y va a proponer a su partido que presente una iniciativa parlamentaria para que la tenencia de navaja pase a ser considerada delictiva y su tratamiento tenga un carácter penal, no sólo administrativo, como hasta ahora.
El socialista Oleaga ha tachado el lenguaje de Azkuna de «clasista, racista y ultraderechista», pero parece que exagera. El alcalde cita siempre a los delincuentes autóctonos, para que nadie tenga la tentación de establecer una relación directa entre inmigración y delito.