Los resultados finales de las elecciones celebradas en Irak, hechos públicos ayer, no han supuesto ninguna sorpresa ni para el propio pueblo iraquí ni para la comunidad internacional. Los iraquíes votaron en diciembre en unas legislativas que han creado el único Parlamento genuinamente democrático de un país árabe, con la única excepción de Líbano; y al igual que en la nación de los cedros, se ha establecido una democracia que no hace sino reflejar con escaños el peso demográfico que cada etnia juega en la sociedad iraquí. Los chiíes conservadores de la Lista Unificada Iraquí se han confirmado como la fuerza mayoritaria con 128 escaños del total de 275, mientras que el Bloque Kurdo queda configurado como segunda (53 diputados) y los suníes, gran esperanza para la estabilización del país, entran en el legislativo -tras boicotear el proceso político en la elección de la cámara provisional el año pasado- con 55 escaños, si se suman sus dos listas (Acuerdo Nacional y Frente de la Concordia).
Es evidente que la vuelta de los suníes al entramado institucional en curso era fundamental y que, igualmente, ésta no equivaldrá ni al cese de los atentados ni al fin de los ataques de la insurgencia contra las fuerzas iraquíes o de la Coalición. Gran parte de los peores atentados son obra del internacionalismo de Al-Qaida, ajena por completo al proceso electoral, y la posibilidad de que una democracia se instale en Irak hará, seguro, que redoble sus esfuerzos por abocar al país al caos. Pero en un análisis global de las etapas recorridas queda contrastada la voluntad del pueblo iraquí por recuperar su soberanía. El mejor camino disponible, el de votar y elegir en libertad, ha sido transitado con éxito y diligencia pese a las dudas que se tenían sobre las posibilidades de que siquiera se iniciase. Y aunque queda todavía la parte más difícil de recorrer, la formación de un Gobierno de unidad nacional estable y con vocación de ofrecer a todos sus ciudadanos la posibilidad de vivir con unas mínimas garantías, cada día parece más evidente que los iraquíes no están dispuestos a desperdiciar la única oportunidad que han tenido a lo largo de su reciente historia para decidir cómo regir sus destinos.