El Correo Digital
Sábado, 21 de enero de 2006
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TELEVISIÓN
CRÍTICA DE TV
Vendavales
Vientos de agua', la gran apuesta de ficción de Telecinco para esta temporada, se ha saldado -antes de tiempo- con cierto aire de fracaso. Nadie discute que en lo técnico y en lo artístico (y en lo presupuestario) es lo mejor que hemos visto salir de las factorías españolas. Pero la acogida de la audiencia ha sido tan fría que la cadena ha optado por colgar la serie en la medianoche del viernes -la pasada noche tomó posesión de su nuevo horario-, lo cual equivale a una anticipada extremaunción.

Visiblemente contrariado, el creador de 'Vientos de agua', el argentino Juan José Campanella, ha endosado su desdicha a los espectadores: «El pueblo español -asegura- no quiere oír hablar ni de emigrantes ni de extranjeros». Acto seguido, eso sí, el director se apresura a subrayar la cualidad excelente de sus relaciones con Telecinco. Lo llamativo es que, después de una constatación así, el artista no eche la culpa al empresario del espectáculo (Telecinco), sino al público. Ya sabemos que todo artista, por definición, tiende a sentirse incomprendido, pero esto es ir un poco lejos.

Vayamos, sin embargo, al argumento del director: el problema es que a los españoles no les gusta hablar de inmigración. Según Campanella, se nos salen los extranjeros por las orejas, incluso les abrimos nuestras cadenas de televisión, pero «no queremos oír hablar de inmigrantes ni extranjeros». Ahora, repase usted las series vigentes en nuestros canales y señale cuántos inmigrantes aparecen en ellas: médicos en 'Hospital central', delincuentes (con frecuencia inocentes) en 'El comisario', atletas sexuales en 'Aquí no hay quien viva', intelectuales en paro en 'Aída'

Es verdad que esto no es exactamente «hablar de inmigración»: es una imagen tópica, banal, ajena a la realidad del fenómeno, normalmente mucho más dura. Pero parece discutible que el resbalón de 'Vientos de agua' se haya debido a eso. La realidad es mucho más simple: sencillamente, la tele, en España, penaliza los argumentos que mueven a reflexión. Lo siento, Campanella.



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