DE CUANDO EN CUANDO OLMO En la escuela de la vida, los medios de transporte colectivo constituyen el aula donde convivimos habitualmente vecinos de todo tipo y condición. Y al decir vecinos quiero hacer constar que están incluidas también las vecinas, porque yo me niego a utilizar la fórmula inflagaitas del vecinos/as.
En ese aula de la vida urbana, los vecinos vamos mostrando sin darnos cuenta nuestra condición y nuestro talante y, a poco que uno sea observador, podrá clasificar a cada viajero en su casilla correspondiente. Veamos algunos ejemplos.
Yo utilizo, si me viene a mano, el ascensor para subir del andén al vestíbulo porque mis rodillas lo agradecen. Bajar lo hago a pie. Pero cuando entro en el ascensor pienso en los demás y miro a ver si viene algún otro usuario, antes de apretar el botón de subida. Es el comportamiento correcto. El otro sistema, el egoísta (y lo hacen muchos clientes), consiste en entrar, apretar el botón sin mirar atrás y si el viajero siguiente no llega a tiempo, que se amuele y espere a que el ascensor vuelva a bajar.
Un comportamiento similar se observa en los matrimonios que viajan sentados. Es un pequeño detalle pero muy sintomático. En los matrimonios en que funciona el matriarcado y el afectuoso respeto a la esposa, el marido le cede siempre el asiento junto a la ventana. En los matrimonios donde el patriarcado manda, el marido llega, se sienta junto a la ventana y la esposa se tiene que conformar con el asiento del pasillo.
Otro tipo de viajero muy habitual en este medio de locomoción es el que yo llamo vago de nacimiento. Pertenecen a esa nueva generación de jóvenes que vinieron al mundo con la vagancia a cuestas y los pobres, para no cansarse en exceso, tienen que usar el ascensor porque subir o bajar escaleras supone para ellos un ejercicio agotador. He visto incluso a jóvenes sanos y robustos usar el ascensor para bajar del vestíbulo al andén. Bajar unos pocos escalones es para ellos un esfuerzo agotador.
Y, por último, citaría a los guarros que, despreciando las abundantes papeleras, tiran los billetes al suelo. Algunos son tan concienzudos que los tiran tras romperlos en trocitos. ¿Se puede pedir mayor majadería? ¿Verdad que no? Pues hasta mañana, amigos.