Nada es eterno en política. Puede ser que la crisis desatada en Cataluña no provoque grandes cataclismos pero que, a partir de ahora, ni Maragall ni Carod van a tener la importancia que se creían merecer, es ya un secreto a voces. Los de Esquerra, después de haber cometido infinidad de 'paletadas' desde que llegaron a la Generalitat, no se percataban de que su limitada representación electoral podría ser un inconveniente si no eran capaces de gobernar con tino en los momentos más difíciles de la gestión del PSOE.
Entre bastidores aguardaba CiU, que no empezó su campaña anteayer, precisamente. La comenzó hace meses. Cuando Pujol se paseaba por los foros de debate, brindando con cava, aunque, entonces, el socialista Rubalcaba intentaba minimizar la importancia de su aterrizaje en la escena de la centralidad. Pero Mas y Durán han estado trabajando como hormiguitas. Sin complejos. Se promocionaban como nacionalistas pragmáticos, «gente de ley», y con deseos de contribuir a la estabilidad de gobierno. Lo hicieron en el momento más bajo de popularidad del Ejecutivo de Zapatero, según los propios sondeos de opinión.
Y a partir de entonces, una ERC tan preocupada por la política de gestos, entre boicots a símbolos españoles, invasiones de chalés privados y concentraciones frente a emisoras de radio, empezó a sentir el frío del desplazamiento. Quizás no pierdan su silla pero han dejado de ser los reyes (con perdón) del mambo. Ya se sabe que los tríos tienen sus complicaciones. Lo que son las cosas con este presidente. Maragall se marca 'el farol' al decir que CiU no era necesaria para sacar adelante el Estatut, y resulta que Zapatero empieza a amarrar el texto (más conocido por el de 'los sentimientos nacionales') con la oposición de CiU, dejando a los socios, prácticamente, sin palabras.
La otra oposición, la del PP, tendrá que saber gestionar el momento. Ayer Piqué reconocía en privado, antes de entrevistarse con Rajoy, que no le quedaría más remedio que irse a casa si su partido no le permite negociar el Estatut con algún arma más que con el simple 'no'. Sería un error que quedara el PP fuera de la negociación. Pero el debate no ha hecho más que empezar. Ayer Rajoy proponía un referéndum para que todos se pronuncien sobre el Estatuto catalán, aún a sabiendas de que la propuesta no prosperará en el Congreso. A Ibarretxe le ha faltado tiempo para anunciar que en Euskadi, en donde los proyectos soberanistas y la violencia van indisolublemente ligados, se pone en marcha el consejo político para la normalización de Euskadi. Su 'núcleo duro' está formado por él mismo, el consejero de Justicia y el inevitable Madrazo. ¿Qué entenderá este triunvirato por ampliación del consenso democrático?