De las personas aficionadas a las viejas artes de la maledicencia suele decirse que si por un descuido inesperado se tragaran su propia lengua morirían envenenados entre amenas convulsiones de índole histérica. Estar todo el día de mal humor, despotricando contra el prójimo venga o no a cuento, profiriendo graves ofensas y metiendo el dedo índice en el ojo ajeno ha de ser un trabajo fatigoso que terminará agriando el carácter hasta convertir al airado profeta en una caricatura de sí mismo. Ustedes tendrán la infinita desgracia de conocer a más de uno de esos extraños sujetos que si no despotrican contra alguien cada minuto del día dan la jornada por perdida, aunque continúen con sus improperios entre las nieblas del sueño.
Creo que algo de eso les pasa a los jerifaltes de nuestra leal oposición: no hay micrófono que no recoja sus baladronadas en cualquier ocasión y con cualquier motivo, pronunciadas además en ese tono agrio que tan mal debe de sentar en el estómago y en la laringe. Les da lo mismo denunciar la inconveniencia de un paso de cebra que el inminente desmoronamiento de la nación y ya empiezan a impacientar al personal hasta extremos de fatiga psicológica irreversible. Hasta cuando en algunas ocasiones tienen razón, fenómeno bastante inverosímil, la pierden sin remedio al transformar lo que debería ser un discurso político en un arenga tabernaria. Por eso se han quedado solos en su muro de las lamentaciones, gritando tercamente que no a todo lo que hay, a lo que ha habido y a lo que habrá y hasta que la muerte les separe. Qué cansado debe de resultar al cabo del día ser tan borde.
Por no hablar de sus voceros mediáticos, para los que el general Queipo de Llano era un melifluo aprendiz con sus dicterios radiofónicos. Yo me pregunto qué clase de placer se puede sentir utilizando un micrófono como arma de combate cuando no hay ningún combate que no pueda solventarse con una buena conversación. Al señor presidente del Gobierno, por ejemplo, le han llamado golpista recientemente, aunque luego el autor del insulto haya tenido que retractarse de manera vergonzante hasta la próxima vez. No hay régimen democrático en el que suceda lo que está pasando aquí desde que los populares sufrieron el terrible accidente de perder las elecciones. A veces dan ganas de devolverles el poder como a los niños el balón, por ver si se callan de una vez y nos dejan en paz. Me pregunto si no hay nadie en el PP capaz de poner orden en el patio, aunque sólo sea para poder pensar en silencio sin tanto estruendo.