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Miércoles, 25 de enero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Cambio en Canadá
Durante los últimos días de la campaña, el primer ministro, el liberal Paul Martin, reaccionó tarde y mal ante la estrategia moderada de su opositor, el conservador Stephen Harper, insistiendo en su inclinación a adoptar actitudes y políticas semejantes a las de George Bush. Era el tema que, tratado con tenacidad y mejor suerte, le podía haber ofrecido la supervivencia. La acusación de querer convertirse en un apéndice de Estados Unidos es una constante en la vida política de Canadá. Pero esta vez, debido a que Harper se cuidó bien de no caer en el error de revelar sus verdaderas intenciones, no ha sido un factor para la expulsión de los liberales, en el poder durante una docena de años. Bush puede quedarse tranquilo: la ola izquierdista que asola el subcontinente latinoamericano no parece afectar a Canadá. Pero el presidente estadounidense se va a cuidar de no expresar demasiada alegría más allá de las palabras de felicitación protocolarias. No le haría favor alguno a su colega canadiense.

¿Han cambiado drásticamente las cosas en Canadá? La evidencia no lo demuestra, al menos en lo fundamental. En primer lugar, los conservadores no han conseguido la mayoría absoluta, y por lo tanto se verán obligados a cortejar el Bloque de Québec, que ha sufrido una erosión en su influencia, y a los socialdemócratas situados más a la izquierda de los liberales. En realidad, la clave del éxito de Harper y del fracaso del Martin no reside en una oscilación ideológica del país, sino que más bien se explica como un voto de castigo contra los liberales, sorprendidos con las manos en la masa en casos de corrupción. El cambio también obedece al simple deseo de ver caras nuevas, sin que necesariamente se altere la estructura del país.

Lo que no calcularon los electores que han dado ahora el poder minoritario a Harper es que la cierta inestabilidad del mandato de Martin continuará. Resulta bastante dudoso que los conservadores consigan llevar a cabo algunas de las políticas por las que mostraban preferencias, como la rebaja de impuestos que tendría como efecto 'boomerang' la reducción de esos servicios sociales que tanto aprecian los canadienses.

Es la dimensión internacional, ausente en gran manera en la campaña, la que ofrece terreno para la especulación, sobre todo porque atañe curiosamente a la médula de la identidad nacional. Canadá es un país que está pasando por una dura crisis de actitud hacia el exterior, no solamente como resultado del drástico cambio en la escena mundial que va desde el final de la Guerra Fría hasta el 11 de Septiembre, sino porque el lugar que los canadienses creen tener reservado para su país en el escenario global está íntimamente conectado con su esencia. Es el valor añadido y consustancial de la fibra social y política del país.

Por esa razón intriga qué va a hacer Stephen Harper con respecto al papel que Canadá debe jugar en el mundo, teniendo en cuenta que su bagaje propio deja mucho de desear. No ha salido del país más allá de un viaje esporádico a México. Pero debe liderar una nación que tiene necesidad metafísica de sentirse bien instalada en el mundo y hacerse presente con las que considera sus mejores armas. El problema es que en la última década las prioridades y los medios han variado.

Canadá se forjó sobre una doble columna: lealtad a la raíz británica y distancia del experimento estadounidense. Pero se debatió entre la necesidad estratégica de tener una sólida relación con el potente vecino y servir a sus propios intereses en el mundo. Lo que Canadá nunca intentó fue la neutralidad o el desdén, protegerse en su geografía y dejar que entre Estados Unidos y el Ártico se resolviera una utopía romántica e idílica. La clave de esta decisión reside, más que en el origen británico y la vecindad incómoda, en el hecho inmigratorio. Canadá, más quizá que cualquier otro país del hemisferio occidental, es fundamentalmente un país de inmigrantes. De modo significativo, en lugar de ejercer una influencia aislacionista (al proceder en épocas cercanas de latitudes problemáticas), los inmigrantes han dejado sentir una vocación activista en la escena internacional.

Se siente por doquier el deseo de pertenecer a numerosos experimentos de cooperación internacional. Pero el gran reto de Harper va a ser la elección entre diversas opciones, a la vista de las limitaciones y las urgencias tanto internacionales como de agenda interior. De ahí que el dilema seguirá siendo el mismo desde el 11 de Septiembre y la desaparición de la amenaza soviética. Entre el cierto 'romanticismo' y altruismo canadiense de jugar un papel preponderante en cualquier misión de paz y el 'realismo' contundente que implica el terrorismo internacional, Canadá debe seguir siendo fiel a su propia 'realidad' y esencia nacional de compartir el llamado 'modelo canadiense'. Éste no puede ser más que la insistencia sin fisuras en el sistema de protección social, la lucha por la igualdad en el exterior, la reducción de la pobreza y la defensa de los derechos humanos. Es la marca diferencial de Canadá, algo muy necesario en el mundo actual.



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