En Anoeta vimos el mejor Athletic de la temporada. La segunda parte fue extraordinaria. Con intensidad pero templando, jugando en corto y en largo, el Athletic fabricó seis u ocho ocasiones de gol en 45 minutos. No sólo empujó con fe sino que jugó muy bien al fútbol. Peleó hasta el final pero con ideas, y con la confianza en sus propias fuerzas de uno de esos equipos de los puestos altos que sigue apostando por sí mismo a pesar de los contratiempos.
Recordaba Valdano esta semana una frase de Napoleón: «Al enemigo hay que mostrarle aquello que más teme». El Madrid, decía Valdano, no asusta a nadie mostrando su defensa. Impresiona por sus delanteros. Al Madrid, en efecto, muchos equipos le salen a jugar intimidados, especialmente equipos europeos que ceden la iniciativa por un respeto casi reverencial al prestigio de los delanteros del Madrid y a la Historia. Al Athletic le debe volver a pasar lo mismo. Los equipos rivales, especialmente en San Mamés, y empezando por el Getafe, deben de nuevo salir intimidados y saltar al campo siendo conscientes de que se acabaron las bromas y sacar un punto aquí va a convertirse de nuevo en una improbable hazaña.
La segunda parte de Anoeta fue, en realidad, un partido en San Mamés de los de antes. La Real estaba jugando a la contra, tal vez por designio, pero especialmente desde que se puso por delante en el marcador. El Athletic estaba de nuevo desconcertado por un castigo excesivo hasta que aceptó el reto, ya en la segunda parte, de tener el balón la mayor parte del tiempo, meter al rival en su campo y crear un montón de ocasiones, de jugar, en definitiva, como si fuera en el San Mamés de los buenos tiempos.
El protagonista indiscutible fue Aduriz, especialmente, y no por casualidad, desde que estuvo en el campo Urzaiz. Aduriz metió dos goles, tuvo otras dos ocasiones claras sólo en la segunda parte, y siempre dio opciones al fútbol de sus compañeros. En la primera, como única punta, había pasado desapercibido. Iraola recuperó su condición de jugador determinante y remató una actuación sobresaliente con un gol mucho más difícil de lo que pareció a primera vista, porque a esas alturas, con el partido acabado y la tensión acumulada tras tantos partidos infortunados, pudo intentar romperla y, en cambio, templó lo justo para el estallido final. En el fútbol, el tiempo es elástico y siempre queda una nueva oportunidad si se sabe esperarla. «Este equipo no baja», dijo muy serio un amigo cuando salíamos. «No baja, no», respondí yo, y nos miramos con la convicción de quienes, en lugar de a un partido, habían asistido a la demostración de un teorema.
El equipo fue en la primera parte como esos pelotaris voluntariosos que no encuentran el sitio en la cancha, como esos boxeadores que se fajan con honradez pero no saben cómo soltarse, que empujan por inercia pero cobran a la contra y, de pronto, encuentran el modo y entonces, pelotazo a pelotazo, golpe a golpe, persiguen a sus rivales por todo el recinto hasta meterlos en un rincón. La esperanza que el Athletic trae de Anoeta no es sólo ese punto muy importante, tanto por su valor aritmético como por lo que significa de liberación de lo que ya parecía un maleficio, un punto que sabe a poco porque se merecieron más.
La esperanza fundamental es el teorema. El Athletic debe mostrar a sus futuros rivales, especialmente en San Mamés, y empezando por el Getafe, lo que éstos más temen, no su defensa sino la potencia de su ataque, la determinación de empujar al rival contra su portería, el chaparrón de centros bien tocados que, en jugada o a balón parado, pueden salir de las botas de varios especialistas, como Yeste, Etxeberria, Iraola u Orbaiz, dirigidos hacia las cabezas o los pies de dos delanteros, Aduriz y Urzaiz (con Llorente haciendo relevos) de características diferentes y precisamente complementarias. Intimidación, miedo escénico, la Historia. Y San Mamés empujando. No, este equipo no baja.