Hay muchas razones para donar sangre. No se puede fabricar y sólo la humana salva vidas; el gesto altruista es una garantía para quien la recibe y un signo de solidaridad en un mundo muy necesitado de ella. Cualquiera de nosotros o nuestras familias la puede precisar mañana mismo. Siempre hace falta, porque este componente básico de la vida sólo se almacena durante 5 días cuando se utiliza para concentrado de plaquetas y 35 días si se destina para el resto de elementos. Pero entre todas, la principal razón es que sólo en el País Vasco se salvan cada año 2.000 vidas gracias a las donaciones.
Marisol Tellería, de 59 años, ha acopiado a lo largo de su vida muchas razones de peso para donar en 75 ocasiones. La primera, tras dar a luz en el hospital de Basurto a su cuarto hijo. «Tuve una hemorragia, me hizo falta mucha sangre y me hicieron la transfusión. Como en esta vida hay que ser agradecida, me dije: 'en cuanto pueda me hago donante'. Y así llevo 29 años», contaba en el homenaje que se le tributó ayer junto a otros 159 grandes donantes vascos en el edificio de la Lehendakaritza, en Vitoria. Era la primera vez que Juan José Ibarretxe saludaba y felicitaba uno por uno a estos héroes anónimos. 'Gran Donante' es un título honorífico para las mujeres con más de 60 extracciones y los hombres que han superado las 75. Donantes de honor o 'gotas de oro' son las mujeres con más de 75 y los varones con más de 100 extracciones.
«Tráete las plaquetas»
Pero en el corazón grande de Marisol, hubo otra razón más poderosa aún para este acto de generosidad. Un hijo que murió a causa de la leucemia diagnosticada mientras cumplía el servicio militar. «Me lo trasladaron a Madrid y cuando se licenció pasó del Gómez Ulla al Princesa Sofía. Necesitaba muchas plaquetas para sobrevivir. Unos primos, llorando, fueron a las bocas del metro a pedir a la gente que, por favor, donara sangre para él. En aquel hospital no tenían. Me vi sola en Madrid, con un hijo enfermo. Llamé a la asociación de donantes de Vizcaya que presidía Jesús González y todos los días, a las 8 de la mañana, tenía las plaquetas en Madrid, transportadas desde Bilbao. ¿Qué podía hacer yo mas que ser agradecida?», subraya esta trabajadora de la limpieza, vecina y natural de un caserío de Atxondo.
Marisol recuerda con tristeza que el día que murió su hijo, los que sufrieron con ella le dijeron: «Marisol, tráete las plaquetas. No las dejes ahí en el hospital, que no se las merecen». De todo aquello hace ya 17 años.
Hace tiempo que las donaciones directas son un recuerdo. Pero Marisol Tellería cree que dar sangre puede ser terrible cuando el acto se produce con el enfermo en la otra camilla. «Era una vecina conocida que estaba enferma de cáncer. Su marido le decía: '¿sabes quién es la mujer que dona?'. Y ella se levantó un poco y le respondió. Sí, Marisol la de Jáuregui -el nombre del caserío-. No se me olvidará nunca porque aquella mujer murió después. Pero sé que yo con aquel gesto alargaba su vida».
Frente a los perezosos que no se atreven a ir a los bancos de sangre, Marisol antepone la voluntad y la solidaridad. «Me han dicho que lo deje, que ya está bien, pero mientras tenga salud y los médicos no me lo impidan seguiré. Pero si me viene bien hasta para mi salud».
Un compromiso vital
A sus 62 años, el vitoriano Pedro Mari Belakortu presenta un aspecto imponente, de gran deportista. El lo achaca a los nervios, a que no puede parar quieto ni en el sofá de su casa. Su agenda está completa y no deja de apuntarse a todos los cursos que le permite su contrato de sustitución, a la espera de la jubilación, en una empresa de transportes. Desde informática a primeros auxilios pasando por ejercicios de la memoria. Pedro Mari es ahora un abuelo inquieto que procura también atender a sus tres primeros nietos, trillizos, que han empezado a ir a la guardería.
Hasta aquí, el retrato de una persona normal. Pero Belakortu cumplirá en febrero su donación de sangre número 105, algo que lo convierte en un 'gota de oro', un Ronaldinho de las extracciones. Y en eso es un ser extraordinario, como todos los grandes donantes. ¿Qué hace de este grupo de personas que ayer fueron homenajeadas seres especiales, verdaderos héroes salvadores de vidas? «Constancia, regularidad y el cumplimiento de un compromiso. Se pierden donantes por pereza, porque falta seriedad, porque no se va hasta el final», afirma con el salvoconducto del hombre de palabra.
El 8 de enero de 1975 donó sangre por vez primera. habían operado a un familiar en la clínica Arana de la capital alavesa y aceptó la invitación, un gesto que repiten cientos de ciudadanos en las mismas circunstancias. Pero Belakortu está hecho de otra pasta. Creyó que aquel paso le ponía en la senda de la solidaridad y se embarcó un tiempo en la asociación alavesa de donantes.
«Dar sangre no tiene nada de extraordinario. Para mí no supone ningún esfuerzo. Soy una persona minuciosa. Lo apunto todo en mi dietario y sé cuándo debo ir al hospital. Hago un hueco en mis quehaceres y voy. Un cuarto de hora y se acabó. Sé que ese rato equivale a salvar una vida anónima. Si me llamaran para dar cada 15 días, allí estaría también», advierte.
«Autosuficiencia»
Pedro María Belakortu quita importancia a las cifras conseguidas en su carrera de gran donante. Lo importante es la intención y el desinterés, apunta. Por eso ha puesto todo lo que tiene. «Soy donante de órganos y cuando me lo pidieron me pasé a la modalidad de aféresis. Aunque es más engorrosa, porque cuesta una hora amarrado a una máquina, ahorra seis extracciones corrientes».
Las pequeñas historias de Marisol y Pedro Mari son dos ejemplos de generosidad. El consejero de Sanidad, Gabriel Inclán y el propio lehendakari, Juan José Ibarretxe, acabaron ayer con todos los adjetivos en sus discursos para agradecer su gesta anónima. Sus elogios iban también para los 55.000 donantes activos que han colocado al País Vasco en la vanguardia de los bancos de sangre, en el escaparate de los sistemas de sangre y en la «autosuficiencia» de este producto vital.
Pero, Ibarretxe dejó caer una preocupación. La falta de jóvenes entre los nuevos donantes. La mayoría de los homenajeados eran veteranos. Entre todos sumaban nada más y nada menos que 30.000 donaciones. Cientos de vidas salvadas y miles de biografías mejoradas. Hará falta muchos jóvenes para llegar donde ellos.