Estimada señora ministra de Sanidad, a quien los dioses tengan en su trono limpio de malos humos, permítame parafrasear a Spinoza, con mutaciones propias, así, para comenzar el año, sin malos humos ni rollos autoritarios, que no sé bien por qué cuando las señoras acceden al poder se empeñan en demostrar que pueden ser más duras que los varones precedentes. Bien, a lo nuestro, señora ministra: qué le parece si contra la pasión triste de toda forma de autoritarismo fanático y su abstracto afán sanador, oponemos la alegre virtud de pensar remedios concretos para las injusticias, sanitarias, del presente.
Que resulte de izquierdas favorecer la salud del ciudadano y por tanto prohibir el tabaco en espacios públicos tiene un pasar; que entren en lo privado me recuerda a los gobernadores yanquis. Y no me quejo, que una servidora no paga mucama y por tanto en mi casa sólo el gato puede poner reparos a mi vicio tabaquil. ¿Puede mi gato prohibírmelo, señora ministra? Desde que usted nos quiere a todos tan rebosantes de salud, tengo amigos que no practican el sexo ante la prohibición del feliz cigarrillo postcoito.
Y ya puestos, señora ministra, dado que ahora se prepara contra el alcohol, permítame unas cuantas sugerencias para nuestra salud global, no sólo los pulmones del ciudadano peligran. No le pediré imposibles, como que prohíba el estrés de no llegar a fin de mes, ni siquiera el agotamiento por una carrera vital sin meta de llegada. Empecemos por lo fácil.
Evite esa humareda contaminante de los empresarios sin escrúpulos que se carcajean de las ridículas multas a sabiendas de que les sale más barato pagar que remediar la expulsión al aire de plomo y sustancias peores, capaces de asesinar espermatozoides, desarreglar tiroides y, en definitiva, envenenarnos. A todos, señora ministra, niños incluidos. Estudie con cuidado los campos de golf que nos dejarán sin agua potable; las urbanizaciones caníbales que asesinan el medio ambiente y nuestra salud mental. Por no hablar de nuestra salud estética.
Dése una vuelta con miradita de izquierdas por los medios de comunicación: homicidas de neuronas, fomentadores de serios estados de idiotez crónica y adicción sin remisión a la cutrez en sus peores formas. Multe a los fanáticos aunque sólo sea por ruidosos y pobres de vocabulario.
¿De verdad cree, señora ministra, que ante todo cuanto le llueve a diario al pobre y medio ciudadano un romántico cigarrillo postamatorio le causaría la muerte? Ni aun cuando la media fuera de cajetilla al mes (quién los pillara) aumentaría la mortandad. Al contrario, nuestra salud muscular y neuronal se situaría en la vanguardia mundial. Ya sabe, contra la tristeza de prohibir, la alegría de pensar en remedios, baratos y felices.