Probablemente, es el transcurso del tiempo lo que más daña la pervivencia, lo vigente de una obra de arte, y corroe incluso la reconocida calidad que tuvo en el momento de ser pergeñada. Esto sucede sobre todo en las artes narrativas: literatura, cine y cómic. Así, decimos que 'La Odisea', 'Nosferatu' o 'El príncipe valiente' son clásicos, atemporales. El polvo de los años no ha restado un ápice de su magia y modernidad. Sin embargo, hay muchas obras que envejecen mal, por diversas y a veces desconocidas razones.
Me centraré en el cine. Han quedado enmohecidas, cursis y ñoñas muchas películas que tratan de las relaciones humanas amorosas desde el punto de vista de la mojigata moralidad oficial de la época. Los ejemplos serían muchos. Sin embargo, resulta incluso misterioso cómo, tratando de los mismos temas, no han envejecido en absoluto películas tan añosas como 'Casablanca' o 'Lo que el viento se llevó.'
A otras, como si hubieran enfermado de una especie de progeria opuesta, el paso de los años las ha infantilizado, como les sucede a dos de mis películas favoritas de chaval, 'Beau Geste', de William Wellman, y 'Tambores lejanos', de Raoul Walsh.
Poco ha quedado, por ejemplo, de las películas aquejadas de influencias pop e insufladas del espíritu de Mayo del 68, que llevó a un cierto enloquecimiento formal debajo del cual poco había. O de experimentos narrativos gratuitos como 'Petulia', de Richard Lester, o 'Cabezas cortadas', de Glauber Rocha, o de parte del cine de Godard y sobre todo de Antonioni -aquí me la juego; pueden lincharme los colegas ortodoxos-.
Y a otras películas les basta poco más de una década para llegar a la senilidad, aunque el rizo en este sentido lo rizaría el cine popular español de los años sesenta, tipo 'No desearás al vecino del quinto' o 'Las chicas de la Cruz Roja', que ya nació viejo.
Acabo de volver a ver la excelente 'La batalla de Argel' -la tienen en DVD-, de Gillo Pontecorvo, que ganó el León de Oro en el Festival de Venecia de 1966. Cuarenta años después, no ha envejecido ni un minuto y la pervivencia de lo que narra es tan plena que resulta inquietante y perturbador. Cuenta la guerra anticolonialista de Argelia entre 1954 y 1957, la lucha independentista del FLN contra la policía y las tropas de la metrópoli francesa.
Dos gotas de -en este caso- amargo elixir de la eterna juventud. La escena de la joven terrorista árabe que observa con gravedad, pero sin asomo de duda, las caras de la gente de a pie -muchos jóvenes y algunos niños- que abarrota una cafetería del barrio europeo de Argel, momentos antes de dejar pegada a la barra una bolsa con una bomba. Los paracaidistas franceses que torturan, con la impersonalidad y desgana de un funcionario vago, a los detenidos con picanas y sopletes para hacerles hablar y que delaten a los miembros de la organización secreta, al enemigo invisible.
Desgraciadamente, el sentido más absoluto de la vigencia: el presente.