Avisa el presidente de Pakistán de que, si la población se empeña en dar cobijo a terroristas, el futuro para su pueblo no será nada bueno. Y remata con un lapidario 'Recuerden lo que digo'. Vamos, que lo llevan claro los paquistaníes -se entiende que también los afganos, los iraquíes, los iraníes y, lógicamente, todos los que tengan turbante, barba y babuchas-, pero mucho más los 18 muertos de Damadola tipificados como daños colaterales. Bueno, seguramente no serán ni eso. Porque a decir verdad y si nos atenemos a la cantidad de notas de condena, gestos de consternación, aspavientos sentimentales pro democracia y libertad habidos a lo largo y ancho de todo el mundo libre, ese puñado de desgraciadas vidas paquistaníes no valen ni la mitad de lo que cuesta uno solo de los misiles lanzados sobre su pueblo. Así de simple las pintamos por aquí. Mejor dicho, así se las gastan en Estado Unidos, donde han llegado a la conclusión de que para matar al malo hay que disparar al bulto. Así cualquiera. No está mal la estrategia. Ahora se entiende que para conseguir información se torture sistemáticamente a todos los detenidos, en tierra, mar y aire. De esa forma, seguro que alguno dice algo. Inteligente planteamiento, sin duda.
Asusta pensar que exista un lugar en el mundo llamado Damadola que pueda ser bombardeado sin provocar escándalo alguno. Ni siquiera una disculpa que no rezume cinismo. Es la indiferencia absoluta. ¿Es ésta la defensa que necesita nuestro mundo libre? ¿Es posible justificar esgrimiendo el concepto de democracia plena, la muerte de inocentes en pro de la salvaguarda de los plenos derechos de bienestar y justicia de nuestro universo civilizado? ¿Dónde están las condenas y los tribunales internacionales? Me resisto a pensar que nuestra libertad requiera un comportamiento impune y criminal. ¿O es que 18 no alcanza el rango de las sobrepasadas centenas de otros sanguinarios golpes igual de execrables? También en Damadola había mujeres y niños, aunque da la sensación de que, como nos pillan muy lejos, no son iguales a los nuestros.
La carga de cinismo que preside la relaciones de Occidente con los países árabes es altamente peligrosa. Buena parte de la diplomacia, tanto europea como estadounidense, se basa en la creencia de que el mundo al que representan es superior política, económica y, sobre todo, moralmente. Y lo que es peor, que esta superioridad es más que indiscutible, es una verdad absoluta. Por el contrario, ellos -árabes, musulmanes, moros, etcétera-, muestran una degradación tal en su correspondiente estadio de desarrollo que hace difícil que les lleguemos a considerar como iguales a nosotros. Quizás por eso nos parecen raros y peligroso. También pueda ser ésa la razón por la que ante la noticia del bombardeo de la CIA sobre un pueblo llamado Damadola causando 18 muertos nos quedemos con expresión bovina. Y quizás por eso nos odien cada vez más. A lo mejor ya va siendo hora de proclamar a los cuatro vientos que el peligro no procede del Este, sino del Oeste. Precisamente de allende el océano. De donde cuentan que hay libertad. Vaya coña.