El Correo Digital
Jueves, 26 de enero de 2006
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CULTURA
A PROPÓSITO
Landru
Henri Désiré Landru fue el primer asesino en serie de Francia, guillotinado en febrero de 1922. Un retaco, hombrecillo feo y siniestro, un estafador de poca monta condenado varias veces quien en medio del caos de la Primera Gran Guerra se dedica a matar a parisinas solitarias. Se declara la paz, y justo al día siguiente del armisticio, la truculenta historia y el proceso al criminal cautivan a la opinión pública. Las tiradas de la Prensa popular se disparan. La gente salía del horror de la sangre de los campos de batalla, del horror de las matanzas que trajeron las descerebradas sinrazones y el ansia de poder de un buen número de hombres y nada más salir de esa tragedia colectiva entraba de cabeza en la escabrosidad de todos los horrores que una sola mente humana puede maquinar. Fueron la sensación del momento los once crímenes que Landru cometió solo, únicamente con sus manos, que usaba con precisión de cirujano merced a una ordenada hilera de sierras y martillos, útiles de profesional, frío descuartizador.

Irresistible la atracción que puede ejercer un hombre-fatal tipo Landru. Cuando ya hace más de ochenta años que rodó su cabeza siguen rodándose películas sobre su persona sin que pare de rodar la pregunta de cómo es posible que aquel depredador de mitomanía mezquina pudiera seducir a tantas mujeres al punto de haber tenido 283 amantes en cuatro años a pesar de su escaso atractivo físico y una sexualidad de bruto. Por lo visto era un seductor gracias a la retórica. El secreto del caballerete era la labia que se le volvía portentosa precisamente en un París donde faltaban los varones, guerreando por entonces, y Désiré era conquistador sagaz y sabía hacer muy bien la corte a las damas. La siguiente interrogante que se mantiene aún ahora en el aire del tiempo se cierne sobre una dama incluida en esta macabra crónica del París de principios del siglo pasado: Fernande Segré, la única mujer con quien mantuvo Landru una relación continuada y que testificó a su favor en el juicio. Exiliada a Líbano como señorita de compañía, toda su vida llevó su amor por él en el recuerdo. Amar a quien mata es un permanente misterio siempre por resolver.



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