Benedicto XVI ha esperado casi diez meses para publicar su primera encíclica, 'Deus caritas est' (Dios es amor), que ocupa 47 páginas y no parece una declaración programática al uso de sus antecesores. El documento, de gran factura intelectual y con un tono de catequesis, supone una invitación a volver a los fundamentos del cristianismo y a uno de su mensajes centrales: el amor a Dios y al prójimo. Frente a lo que algunos sectores podrían anticipar en línea con los antecedentes biográficos de Ratzinger, no se trata de un catálogo de prohibiciones, sino de una reflexión positiva, aunque desde la exigencia que marca la doctrina cristiana.
El Papa ofrece en su documento una reflexión sobre la esencia del amor, como núcleo central de la fe en cuanto se trata de un mandamiento fundamental; advierte desde el comienzo del texto sobre el abuso del término y su distinto significado en las diversas culturas y acota que para la Iglesia católica el arquetipo por excelencia es el amor entre el hombre y la mujer: «En el que intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma». El Pontífice se refiere a la compatibilidad del amor erótico y el amor a Dios, pero, al mismo tiempo, establece el rechazo a su «desviación destructora» y reivindica su verdadera grandeza más allá del «placer de un instante». En línea con el magisterio tradicional de la Iglesia, alerta sobre la degradación del 'eros' a «puro sexo», a «mercancía», a «objeto». En su encíclica, Benedicto XVI contrapone al amor egoísta la «aproximación y la entrega al otro», también como mensaje contra la violencia y el odio y en favor de la tolerancia; un discurso que es coherente con su inclinación hacia la cultura ecuménica.
La segunda parte de la encíclica trata de la caridad, que Benedicto XVI liga directamente con la actividad de la Iglesia que busca el bien integral del ser humano. El Papa admite que el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea que corresponde a los políticos, pero sitúa en la misión de la Iglesia la lucha de la justicia, ámbito en el que sí se encuentran la fe y la política. El carácter marcadamente teológico de 'Deus caritas est' no impide que su mensaje sea muy directo y didáctico, lo que orienta sobre el talento del Papa para abordar los asuntos nucleares del cristianismo con palabras sencillas, sin recurrir a un lenguaje profético o de perfil más 'populista', como el de su antecesor Juan Pablo II. La primera encíclica de un nuevo Papa normalmente es producto de una elaboración muy personal y doctrinalmente indica las prioridades del Pontífice para los próximos años. Joseph Ratzinger ha huido del tono solemne para formular con sencillez la esencia del cristianismo en positivo y destacando sus características de fe exigente en uno de los grandes valores de la Humanidad: el amor entendido como entrega al prójimo sin esperar otra compensación que un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor divino.