Los votantes palestinos respondieron ayer con una elevadísima participación a lo que sin duda era una cita histórica. Palestina no había elegido un parlamento en una década y sólo el año pasado, con el activo proceso de elecciones locales, se había podido votar en libertad. Ahora bien, si la sola realización de los comicios es un hecho tremendamente positivo, las consecuencias que se puedan derivar de los resultados electorales -esencialmente en lo que al proceso de paz se refiere- son cuestión diferente. Si, como cabe esperar, el recuento definitivo confirma las previsiones de los sondeos, victoria del partido del presidente, Al-Fatah, y relevante segundo puesto de Hamás, sería muy posible la creación de un Gobierno de unión nacional que evitase las tensiones de una legislatura con fuerzas parlamentarias demasiado equilibradas. Por el momento, todo apunta a que Hamás utilizará fórmulas discretas para entrar en el Ejecutivo, pero al tratarse de un grupo que sigue estando en la lista de organizaciones terroristas, su ingreso en el proceso institucional no puede equipararse automáticamente a una asunción absoluta de los usos democráticos. De hecho, y es significativo, los islamistas han rechazado hasta el momento la posibilidad de desarmar a sus milicias. Sí es cierto, con todo, que tras su apuesta estratégica de entrar en política y batallar en el campo institucional, y obtener muy buenos resultados en las municipales, el movimiento ha apartado de su ideario la destrucción de Israel, al que no reconoce pero con el que consentiría negociar a través de terceros.
De lo que no hay duda es de que la elección del Parlamento palestino puede suponer un punto de inflexión en Oriente Próximo, lo que unido a las inminentes elecciones en Israel podría dar paso a una reactivación definitiva del proceso de paz. Pero para ello harán falta gestos decisivos y los más delicados van a estar realmente en manos de los islamistas.