La primera encíclica de Benedicto XVI, a los nueve meses de su elección, revela un Papa perspicaz que a la hora de elegir qué mensaje lanzar a la sociedad actual ha detectado los principales puntos de fricción y contacto con la Iglesia. Uno es el amor y el erotismo, un asunto en el que muchos creyentes y no creyentes se sienten especialmente lejos de los postulados del Vaticano. En cambio, la actividad humanitaria y asistencial católica es la que suscita más simpatías y un reconocimiento casi unánime, al margen de ideologías.
Cada tema domina una de las dos partes de que consta la encíclica, de 78 páginas. Así, el Papa intenta aclarar que la Iglesia no tiene aversión al sexo, sino que lo ve de otra manera, en una idea del amor que, en su opinión, sería la realmente humana. En la segunda parte, Ratzinger comprende que la caridad es lo más auténtico que ofrece la fe católica a los ojos ajenos, pero le preocupa ubicarla en un marco teológico, para evitar que la Iglesia acabe convertida en una especie de gran ONG sin contenido espiritual. Esta parte es más política, porque Benedicto XVI rediseña el espacio propio de la Iglesia en la vida pública: no debe hacer política, sino ser una voz paralela que aporta espiritualidad a la razón, que por sí sola no bastaría en ocasiones para hacer lo justo.
Esta capacidad del pontífice de leer en la mente y los dilemas del hombre actual, incluso del ateo, es uno de sus rasgos más característicos. La actitud de comprensión hacia las posturas contrarias a la fe católica como punto de partida, aunque sea para luego tratar de rebatirlas, supone un enfoque novedoso. Desde este punto de vista, se ve su preocupación por llegar al hombre contemporáneo: Ratzinger aspira a convencer, casi espera que acaben dándole la razón, no tanto que crean la verdad de lo que dice por su propio peso. Juan Pablo II actuaba más por contagio, por la onda expansiva de la mística, porque su verdad le parecía clara y evidente. Ratzinger intuye que uno de los problemas de la Iglesia es la crediblidad, prefiere argumentar y razonar, y para ello se vale de un arsenal de erudición: cita a santos, nombra a Descartes, Virgilio, Marx, Nietzsche... Un lenguaje denso para una idea sencilla en un mundo complicado; su propuesta se reduce al amor y, por extensión, a la caridad, 'Deus caritas est'.
EL 'EROS' Y LA FE
No es exagerado decir que es la primera encíclica que afronta directamente la cuestión del sexo. El Papa asume que en este punto se abre un abismo con el 'mundo real', desde la percepción mayoritaria del hombre de la calle, y acepta el desafío de explicar por qué la Iglesia defiende lo que defiende. Pero, en un ámbito más filosófico, se embarca en el reto de replicar a la acusación que, desde Nietzsche, reprocha al cristianismo haber dado la espalda al cuerpo. «La fe bíblica no es un mundo paralelo», argumenta, sino que tiene una razón de ser y responde a la naturaleza del hombre. El Ratzinger 'profesor', que siempre acude a los textos y su origen, remonta la cuestión al concepto de amor que maneja la Biblia. Éste es otro aspecto distintivo del 'estilo Ratzinger', que a menudo acepta llevar el debate al terreno de lo cultural, al margen de lo puramente religioso. La novedad cristiana estaría en añadir el 'agapé', la entrega, al 'eros', al amor físico, una síntesis acorde a la dualidad de carne y espíritu del hombre. Decantarse por cualquiera de los dos extremos sería un error y, en concreto, «la falsa divinización del 'eros' lo priva de su dignidad divina y lo deshumaniza». Eso es lo que ocurre hoy, en opinión del Papa.
EL MATRIMONIO
El amor, en este esquema, busca «lo definitivo» y, citando a Adán y Eva, Benedicto XVI opina que «sólo ambos conjuntamente representan a la Humanidad completa»: «El 'eros' orienta al hombre hacia el matrimonio, (...) así, y sólo así, se realiza su destino íntimo. A la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo». Éste es uno de los párrafos más contundentes del documento, quizá porque tiene una mayor lectura en relación con la actualidad.
LA CARIDAD
El Papa recuerda la innovación que supuso el cristianismo al introducir el concepto del prójimo, una fórmula esencial, entonces revolucionaria, que sigue siendo vigente: «Es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar». Trasladada a la Iglesia, esta máxima se convierte en «el servicio de la caridad». Ratzinger dedica varias páginas a explicar, con referencias bibliográficas, cómo la vida en común, sin ricos ni pobres, de los primeros cristianos y su dedicación desinteresada a los demás fueron su señal más característica. Este reclamo de Benedicto XVI al mensaje esencial original, como receta de choque para la Iglesia, es otro de los rasgos que se repiten. Pero es que, en el caso de la caridad, opina que «una manifestación irrenunciable de su propia esencia, no una especie de actividad de asistencia social».
CRÍTICA AL MARXISMO
Como una herencia de Wojtyla, pero también como un eco de su pasado de teólogo atraído y luego espantado por las teorías marxistas, Ratzinger se emplea a fondo en rebatir algunas de sus posturas. No deja de ser curioso, porque parece un debate superado, pero revela que la Iglesia no olvida que ha sido su mayor enemigo en el siglo pasado. El pontífice admite que la Iglesia no tuvo en principio reflejos para adaptarse a los cambios del mundo industrializado, pero reivindica enseguida el nacimiento de la doctrina social católica. El Papa rechaza la acusación de manual revolucionario de que la caridad es un error, porque no pretende cambiar el orden establecido y perpetúa la injusticia: «Ésta es una filosofía inhumana (...). No se puede promover la humanización del mundo renunciando a comportarse de manera humana».
IGLESIA Y ESTADO
La caridad, por tanto, es según el Papa la mejor arma del cristiano, «independientemente de programas de partido». En este punto, Benedicto XVI aborda el problema, también muy actual, de cuál es el lugar de la Iglesia como institución. Se expresa con claridad: «El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política (...). La Iglesia no puede ni debe sustituir al Estado». Los gobiernos deben garantizar la libertad religiosa y el Papa parece decir que la Iglesia no debe meterse en política, pero le reserva el papel de ayudar «a reconocer lo que es justo». «No quiere imponer a los que no compartan la fe sus propias perspectivas», sentencia. Ratzinger atribuye a la política la condición de «razón autorresponsable», mientras la Iglesia aporta «la purificación de la razón».
LAICOS Y PROSELITISMO
El Papa da una gran importancia al voluntariado y al papel central que los fieles laicos deben tener en la vida pública. «La caridad debe animar toda su existencia», afirma sin rodeos. La insistencia en este punto revela que Benedicto XVI considera esta realidad tangible la más valiosa expresión de la fe. Es decir, ser «testigos creíbles de Cristo», una idea que denota de nuevo su preocupación por la capacidad de transmitir convicción. En este sentido, advierte que «el amor es gratuito, no se practica para tener otros objetivos». «Quien ejerce la caridad en nombre de la Iglesia nunca tratará de imponer a los demás la fe de la Iglesia», ordena. Esta sólida llamada al simple ejemplo como transformador de conciencias parece dejar en segundo plano otros aspectos visibles de la vida pública de la Iglesia, y más peyorativos, como la mera enunciación de preceptos o de negativas.
Texto íntegro de la Encíclica en: