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Jueves, 26 de enero de 2006
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SOCIEDAD
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'Dios es amor'
Texto íntegro de algunos puntos de la encíclica.

Sanear el eros

La Biblia sólo cita dos veces la palabra 'eros'. Este relegar la palabra junto con la nueva concepción del amor que se expresa con la palabra 'agapé' (entrega), denota sin duda algo esencial en la novedad del cristianismo, precisamente en su modo de entender el amor. En la crítica al cristianismo que se ha desarrollado con creciente radicalismo a partir de la Ilustración, esta novedad ha sido valorada de modo absolutamente negativo. (...) Friedrich Nietzsche expresó una apreciación muy difundida: la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizás carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace preguntar algo de lo divino?

Pero, el cristianismo, ¿ha destruido verdaderamente el eros? El eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre no el placer de un instante, sino (...) esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser. (...).Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni 'envenenarlo', sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza.

Hoy se reprocha a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad (...). Pero el modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso. El eros, degradado a puro 'sexo', se convierte en mercancía.

Iglesia y Estado

El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política. (...). El Estado no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la Iglesia, como expresión social de la fe cristiana, por su parte, tiene su independencia y vive su forma comunitaria basada en la fe, que el Estado debe respetar. Son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca. ¿Qué es la justicia? Éste es un problema que concierne a la razón práctica; pero para llevar a cabo rectamente su función, la razón ha de purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente. En este punto, política y fe se encuentran.

La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política.



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