Las palabras no pueden ser utilizadas al azar. Transmiten significados concretos y producen en quienes las escuchan efectos también muy determinados. No está en manos de los que las profieren controlar ni los primeros ni los segundos. Las palabras tienen vida propia, y su efectividad comunicativa y evocativa procede, no de la libre voluntad del hablante, sino de la propia naturaleza de aquéllas. El hablante no crea las palabras, ni siquiera les confiere el significado o la carga emocional que su arbitrariedad en cada caso decide, sino que simplemente las usa con la función específica que la comunidad de hablantes les tiene asignada de antemano. En este sentido, las palabras no son inocentes. Cada una de ellas viene ya dotada de un código genético que la predetermina a evocar en quien la escucha adhesión o rechazo, interés o indiferencia, sosiego o inquietud, y así cuantos sentimientos anidan en el corazón del hombre.
Aunque parezca mentira, algunos políticos, entre otros profesionales de la palabra, dan la impresión de no haber caído todavía en la cuenta de semejante obviedad. Sólo cuando las palabras han salido irremisiblemente de su boca -'semel emissum, advolat irremissibile verbum'-, comienzan a percatarse de sus efectos. Vienen entonces las rectificaciones tardías y los intentos siempre torpes de matizar, mediante apelaciones al contexto, lo ya dicho sin remedio. Ejemplos preclaros, aunque no únicos, de este arbitrario uso del lenguaje son el actual presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, y el líder de uno de los partidos que lo apoyan, Josep Lluís Carod Rovira. Su característica común es la de utilizar las palabras como les viene en gana, así como la de asombrarse de que aquéllas no hayan sido entendidas en el sentido de que ellos, en su omnipotente creatividad, habían pretendido dotarlas.
Pasqual Maragall, por detenernos en el primer ejemplo citado, acaba de dar una muestra inequívoca de esta que él parece considerar extrema versatilidad del lenguaje. Tras entrevistarse hace un par de días con el secretario general de su partido en Euskadi y con el lehendakari del Gobierno vasco, se lanzó a conferir significados personalísimos a palabras que nuestra comunidad de hablantes conoce ya cargadas de sentidos muy específicos. Creó tal confusión entre sus oyentes, y tal regocijo e irritación entre, respectivamente, adversarios y amigos, que tuvo que recurrir de inmediato a la complejidad del contexto en que se pronunciaron para que sus palabras fueran, si no entendidas, al menos dadas por no dichas. Nunca la rectificación puede, sin embargo, anular el desconcierto. Josep Lluís Carod Rovira, por su parte, ha sido tan prolífico en su creatividad lingüística que no resulta ya fácil discernir en sus manifestaciones verbales si de ellas vale lo dicho o lo desdicho.
La actual marginación a la que los dos personajes mencionados están siendo sometidos en el estadio final de lo que habría podido ser su gran logro político no puede considerarse ajena a este uso arbitrario que ambos han venido haciendo del lenguaje. Pagan los dos la ligereza con que se han comportado. Sus palabras han causado en sus interlocutores el efecto que ellas mismas estaban llamadas a causar, y no el que sus pretendidos creadores habrían deseado que causaran. Creían, quizá, en la inocencia de las palabras, y sólo ahora descubren la carga genética que ya arrastraban cuando ellos se decidieron a emplearlas. Resulta, en consecuencia, que incluso quienes ayer apoyaron con entusiasmo sus actuaciones y su mutuo entendimiento se frotan hoy las manos por el descrédito en el que ellos mismos se han sumido. Las palabras, cuando se usan a discreción, y uno no se atiene a la indisponibilidad de sus significados y de sus efectos convencionales, acaban minando la credibilidad de quienes las pronuncian.
Nos encontramos así con que, por la arbitrariedad verbal de sus grandes protagonistas, incluso sus mejores logros -como sería el nuevo Estatuto de Cataluña- corren el riesgo de acabar siendo apuntados en el haber de sus adversarios. CiU, que hizo zozobrar el proyecto con sus exigencias de máximos cuando aquél se encontraba en el Parlamento catalán, viene ahora a rescatarlo en el Congreso con un acuerdo que lo reduce a sus mínimos. Muchos aplauden, además, complacidos, el nuevo giro que este doble desbordamiento de los nacionalistas respecto de los republicanos puede suponer para la política catalana y española. Uno no se atreve, sin embargo, a predecir si lo que el nuevo giro comporta es lo más conveniente para cada uno de los ámbitos citados, pero, vista la ligereza con que los hoy perdedores se han comportado en el empleo del lenguaje, sólo puede dar por perfectamente explicable que tal giro se haya producido. Las palabras, al fin y al cabo, no son inocentes.