Temor y temblor. Pasan los años, se reduce la edad de los protagonistas, aumenta -tampoco demasiado- su educación sexual, crecen las precauciones, mejoran las condiciones en cuanto al escenario y el ambiente en general, pero la primera relación sexual sigue estando rodeada de nervios, aderezada con alcohol para darse ánimos y poblada por más miedos de los razonables. Esther Porta, especialista en psicología del sexo, que ya ha publicado otros trabajos sobre la materia, ha recogido decenas de historias de personas que tienen entre 16 y 50 años, en las que cuentan cómo fue su experiencia inaugural ('La primera vez'. Ed. Aguilar). La comparación entre los de edades más distantes -que podrían encarnar a la perfección a dos generaciones: la de los padres y la de los hijos- permite comprobar que las cosas que han cambiado con el paso del tiempo son pocas.
«Antes pesaba más el componente educativo y religioso», dice Porta, para explicar que en la actualidad hay menos frenos para hacerlo y escaso remordimiento después. El cambio más importante está quizá en los chicos: una proporción no desdeñable de los varones españoles se inició en el sexo durante décadas con las criadas (los que formaban parte de familias acomodadas) o con prostitutas (esa escena nada infrecuente del muchacho que llegaba al burdel acompañado por su padre). Ahora no sucede nada de eso. Algo que no depende en absoluto de su educación ni de su clase social.
Pero prácticamente ahí, y en el descenso en la edad en el momento de esa primera relación, se quedan todos los cambios. «Se está desmitificando bastante esa primera vez», explica Porta tras hablar con decenas de personas que le aportaron sus relatos en primera persona. «Pero no es conveniente que pierda toda la magia. De hecho, la primera vez aún se idealiza mucho, sobre todo por parte de las chicas, que siguen asociando en mayor medida amor y sexo. Para los chicos es más un trámite que hay que cumplir».
A la hora de dar el paso, la educación de los adolescentes de hoy es mayor que la de sus padres, pero no por ello deja de mostrar lagunas de tamaño casi oceánico. «Todos los que han enviado sus historias saben que deben usar preservativos, pero poco más. Por extraño que parezca siguen existiendo muchas ideas falsas acerca del sexo, como que es imposible que una chica quede embarazada la primera vez, o si lo hace de pie, o que el himen es de una dureza extraordinaria».
Alcohol y Nochevieja
Prejuicios, datos inexactos, información muy deformada, porque en esta materia, por muy abiertos que sean los padres, la fuente principal sigue estando en «el primo mayor y alguna revista guarrilla». En casa, el sexo no suele ser tema de conversación, en muchos casos porque a los muchachos les avergüenza sacarlo a relucir.
Quizá esa falta de información veraz explique por qué tantos jóvenes confían en el alcohol para darse ánimos ante su estreno en el sexo. «Enfrentarse a un trance así quizá sea más fácil con dos copas», explica Esther Porta. «El problema es que muchas veces son más de dos y el resultado es que no son muy conscientes de lo que hacen ni de cómo lo hacen». Y si el alcohol se asocia al sexo, algunas fechas parecen marcadas a fuego en el calendario de los adolescentes. La más llamativa, como se desprende de la lectura de los relatos incluidos en su libro, es Nochevieja. Las pocas horas que transcurren entre las doce campanadas y el amanecer del primer día del año parecen especialmente propicias. «Es un tiempo favorable al ligue, parece como si fuera necesario pasar la noche acompañado, y sucede que haces con alguien que acabas de conocer lo que en otra época del año no harías antes de varias citas. Por todo ello, perder la virginidad ese día empieza a ser un clásico de los adolescentes, casi como el Concierto de Año Nuevo y los saltos de esquí», comenta Porta con humor. También son momentos muy habituales las verbenas de los pueblos, cuando el calor del verano, el alcohol y un cierto afán transgresor que se muestra mejor en vacaciones se aúnan junto a unas hormonas «que les salen por las orejas».
Los padres, por supuesto, no son ajenos. Algunos de ellos hablan también en el libro, y muestran sus dudas y temores y el convencimiento de que nada va a frenar a los chicos cuando quieran hacerlo. Son conscientes también de que, al margen de transmitirles la necesidad de respetar a la pareja y tomar precauciones, no podrán hacer mucho más. «Los nervios, la inseguridad van a estar ahí siempre. Se pueden haber oído o leído muchas cosas, pero al final estás ahí, a solas con el otro, y eso hay que vivirlo. No valen experiencias ajenas», comenta Porta.
La única experiencia válida es la propia, y esa se adquiere con el tiempo y la práctica. Más tarde se descubre también, añade, que las relaciones sexuales no son sólo el coito. «Pero con 16 ó 17 años, los instintos y las urgencias pueden con todo lo demás». Así sale, tantas veces. Sin embargo, casi todo el mundo lo recuerda con ternura. «He constatado que con el paso del tiempo tendemos a idealizarlo, a ser más indulgentes, aunque en su momento pensáramos que no era para tanto o que fue un desastre. '¿Qué tierno fue!', nos decimos. O '¿qué patosos éramos!', nos comentamos divertidos. ¿Qué trascendencia ha tenido para cada uno de nosotros?», se pregunta Esther Porta. La respuesta es inmediata: «Debe de ser importante, porque todo el mundo repite».