El Correo Digital
Domingo, 29 de enero de 2006
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VIZCAYA
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Las dos madres de Abaik
El pequeño marroquí, que casi no podía andar por una afección cardiaca, termina ya su estancia
Cuando Abaik llegó por primera vez a Euskadi, hace dos años, no podía correr y se agotaba con sólo dar un par de pasos, pero parece que ahora está recuperando el tiempo perdido. El niño, de 9 años, recorre las calles de Algorta como un huracán, un torbellino centrado en una sonrisa enorme y perpetua, y arrastra de aquí para allá a su madre de acogida, Argiñe, acostumbrada ya a tanta vitalidad. «Nos menea mucho», se ríe la mujer.

Nadie lo hubiese dicho cuando voló desde Marruecos con Tierra de Hombres. Abaik era un 'niño azul', sufría una malformación cardiaca -la tetralogía de Fallot- que provoca falta de oxigenación de la sangre y amorata los labios y la piel. Eso sí, azul o no, su sonrisa era la misma: «Llegó muy mal, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Sólo lloró en Cruces, cuando iban a operarlo». Los cirujanos del hospital baracaldés le practicaron tres intervenciones quirúrgicas y estuvo ingresado tres meses, la mitad del tiempo en cuidados intensivos. En total, aquella primera estancia duró siete meses. Después, regresó a su país, pero ahora ha tenido que venir de nuevo para que le retiren un parche del corazón.

Y, de paso, se ha reencontrado con su segunda familia y su segunda tierra. Los días de Abaik en Algorta, entre visita y visita al hospital, están llenos de dibujos animados -Shin Chan, Los Simpson, Los Increíbles y mucha ETB-1-, de nuevas aficiones -entona con convicción el «Athletic gorri ta zuria»- y de juguetes como su 'kit' completo de policía, con el que esposa a los adultos a la pata de la mesa. También es una vida de nostalgias, claro, pero eso no pasa de ser una intuición para el resto del mundo: «Siempre tiene a su madre muy presente. Yo creo que, al no poder casi ni andar, debía de pasar mucho tiempo con ella. Cuando le hablas de la madre, se le alegra la cara», relata Argiñe. El niño hace aletear unas pestañas larguísimas.

-¿Te acuerdas de tu madre, Abaik?

-Es muy guapa. Se llama Aisha.

El difícil adiós

Aisha es su mamá y Argiñe, su ama, y el niño no parece encontrar ninguna contradicción en esta doble figura. Al fin y al cabo, los padres de acogida asumen todas las obligaciones que implica ese nombre: «Es igual que cuando tienes un hijo pequeño, pero además enfermo. Te ata mucho, por supuesto. La otra vez, pasé tres meses yendo todos los días a Cruces, mañana y tarde. Pero te dan mucho más de lo que les das: ¿esa alegría! Mi marido dice que se siente otra vez joven».

Mañana, Abaik tiene consulta, quizá la última antes de volver definitivamente a su país, su familia y su vida auténtica. Argiñe, que ya acogió antes a un niño mauritano, sabe que esa despedida será difícil, que será su corazón el que se quede resentido: «Es muy duro, porque no volvemos a saber nada de ellos. Después -se señala el pecho-, los llevas aquí».



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