Cuando Maite Pagazaurtundua habla de una «cultura del odio», todos sabemos de qué está hablando. La entrevista con la concejal de PSE-EE de Urnieta que ayer publicaba este periódico está llena de verdades como puños que a veces no interesa decir. Pero, lo digamos o no, todos sabemos que en nuestro entorno es perfectamente plausible hablar de cultura de la violencia o de cultura del odio, tanto da, aunque el término empleado por Maite Pagazaurtundua toca más lo sensible, la memoria plástica, los rostros que hemos visto alguna vez, muchas veces, reclamando un enemigo al que devorar. Un enemigo, el que sea, porque cuando nos acostumbramos a vivir contra un enemigo es difícil dejar de hacerlo. Así, el enemigo se puede redefinir, se puede restringir o ampliar según la conveniencia de las elites dirigentes que guían a su pueblo mediante el odio. El odio es la llama sagrada que debe ser alimentada generación tras generación porque es la fuente de poder en estos grupos que razonablemente pueden compararse con sectas. Pertenecer a la secta ahorra mucho trabajo mental al sectario: ¿Para qué voy a observar la realidad si ya sé de antemano cómo es? ¿Para qué voy a escuchar y estudiar a mis adversarios si ya me han dicho cómo son? La violencia, y su expresión anímica, el odio, generan una fuerte cohesión y una fascinante sensación de poder, la misma que buscan los adolescentes cuando se declaran en guerra con el mundo o una parte del mundo y se organizan en pandillas. Es una droga, el odio. La sangre de las víctimas, como el cordero pascual, une al pueblo elegido. Por eso se las mata. Su execrable crimen es no ser 'de los nuestros'. Las áreas rurales, las poblaciones pequeñas, siempre han sido sociedades más cerradas donde se distinguía claramente entre 'los de aquí de toda la vida' y 'los de fuera'. Sobre ese poso, se pueden redefinir convenientemente los dos términos, y entonces aparecen los nuestros y los otros, los buenos y los malos, y entre los otros hay gente de aquí de toda la vida que no comulga con el dogma y con la sangre. Es lo que pasa con los Aspiazu y los Baglietto, familias 'de aquí' de toda la vida, pero con una diferencia: los primeros pertenecen a un grupo que decidió que a los segundos se les podía matar por no haber elegido la buena senda, la nación buena, tan metafísicamente oprimida. Quienes no vivimos en la cultura del odio pensamos que si un asesino ya ha cumplido su pena o si, por las razones que sean, ya no constituye una amenaza, debe permitirse su reinserción. Y, dicha sea la verdad, lo único que Kandido Aspiazu tenía que haber hecho para no llamar la atención era poner su negocio en otra parte que no fuera debajo de la casa de la viuda del hombre que ayudó a matar hace años.