El otro día fui el blanco de las iras de mi mujer. Según parece, cuando introduje en el aparato reproductor un disco del 'Boss', saqué el 'Réquiem' de Mozart y lo dejé sobre la tapicería de una butaca. Horas más tarde, al ver el cedé allí 'tirado', mi mujer puso el grito en el cielo, y según me confesó, tuvo tentaciones de echarse a llorar. También deseó colgarme, y no del cuello.
Aquella tarde precisamente, cuando llegué hecho trizas a mi en ocasiones dulce hogar, me propuse dedicarle mi siguiente columna a Wolfgang Amadeus Mozart, el genio inmaduro, el genio enfermo de mil males, el genio por excelencia. Al fin y al cabo, estos días se cumple el aniversario de su nacimiento, los periódicos dedican páginas y suplementos íntegros a su figura y su obra, y 2006 ha sido bautizado como 'el año Mozart'.
El autor de 'La flauta mágica' componía desde los cinco años, y con seis primaveras deleitó a la realeza europea en una de sus arduas y numerosas giras. Pasó la infancia sin juguetes, y quizá por esto fue un inmaduro. Llegó a calificarse a sí mismo de 'bufón'; con sus bromas y sus payasadas era la estrella de las fiestas a las que asistía, y mientras otros artistas aguardamos el estreno o la publicación de nuestras obras con los nervios de punta, Mozart pasó las horas previas a la presentación de una de sus óperas dando volteretas.
Mozart se casó con Constanze Weber, y aunque le escribía diariamente siempre que se encontraban lejos, la convivencia entre ambos no debió de resultar nada fácil: Mozart era un genio; amaba en realidad a la hermana mayor de su esposa; gastaba en médicos y en caprichos bastante más de lo que ganaba; mantenía unos hábitos de trabajo extenuantes Mi mujer suele decirme: Si dedicaras a tu familia el tiempo que dedicas a tus escritos, sería maravilloso, y yo, que no soy ningún genio, admito que efectivamente, ella tiene razón: si yo les dedicara el mismo tiempo, los días tendrían por lo menos cuarenta y ocho horas.
Wolfgang Amadeus Mozart falleció con 35 años. Su existencia fue una batalla sin tregua contra los celosos rivales, la enfermedad y la pobreza. Al morir estaba en deuda con su sastre, su boticario, su tapicero y muchos de sus amigos. Su cuerpo se introdujo en un saco de lino, se colocó en una tumba con otros cadáveres y fue rociado con cal viva; actualmente nadie sabe dónde pueden estar sus restos. Cuando se difundió la noticia de su muerte la gente comenzó a llorar en la calle, y hoy Mozart sigue derramando lágrimas si uno deja por descuido un cedé suyo encima de una butaca.