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Martes, 31 de enero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Mozart
El otro día fui el blanco de las iras de mi mujer. Según parece, cuando introduje en el aparato reproductor un disco del 'Boss', saqué el 'Réquiem' de Mozart y lo dejé sobre la tapicería de una butaca. Horas más tarde, al ver el cedé allí 'tirado', mi mujer puso el grito en el cielo, y según me confesó, tuvo tentaciones de echarse a llorar. También deseó colgarme, y no del cuello.

Aquella tarde precisamente, cuando llegué hecho trizas a mi en ocasiones dulce hogar, me propuse dedicarle mi siguiente columna a Wolfgang Amadeus Mozart, el genio inmaduro, el genio enfermo de mil males, el genio por excelencia. Al fin y al cabo, estos días se cumple el aniversario de su nacimiento, los periódicos dedican páginas y suplementos íntegros a su figura y su obra, y 2006 ha sido bautizado como 'el año Mozart'.

El autor de 'La flauta mágica' componía desde los cinco años, y con seis primaveras deleitó a la realeza europea en una de sus arduas y numerosas giras. Pasó la infancia sin juguetes, y quizá por esto fue un inmaduro. Llegó a calificarse a sí mismo de 'bufón'; con sus bromas y sus payasadas era la estrella de las fiestas a las que asistía, y mientras otros artistas aguardamos el estreno o la publicación de nuestras obras con los nervios de punta, Mozart pasó las horas previas a la presentación de una de sus óperas dando volteretas.

Mozart se casó con Constanze Weber, y aunque le escribía diariamente siempre que se encontraban lejos, la convivencia entre ambos no debió de resultar nada fácil: Mozart era un genio; amaba en realidad a la hermana mayor de su esposa; gastaba en médicos y en caprichos bastante más de lo que ganaba; mantenía unos hábitos de trabajo extenuantes Mi mujer suele decirme: Si dedicaras a tu familia el tiempo que dedicas a tus escritos, sería maravilloso, y yo, que no soy ningún genio, admito que efectivamente, ella tiene razón: si yo les dedicara el mismo tiempo, los días tendrían por lo menos cuarenta y ocho horas.

Wolfgang Amadeus Mozart falleció con 35 años. Su existencia fue una batalla sin tregua contra los celosos rivales, la enfermedad y la pobreza. Al morir estaba en deuda con su sastre, su boticario, su tapicero y muchos de sus amigos. Su cuerpo se introdujo en un saco de lino, se colocó en una tumba con otros cadáveres y fue rociado con cal viva; actualmente nadie sabe dónde pueden estar sus restos. Cuando se difundió la noticia de su muerte la gente comenzó a llorar en la calle, y hoy Mozart sigue derramando lágrimas si uno deja por descuido un cedé suyo encima de una butaca.



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