Para Manuel Gutiérrez Aragón el cine sigue siendo «la pérdida mágica de uno mismo en una mirada y la capacidad bulímica de verlo todo». Hijo y nieto de cubanos, el autor de títulos fundamentales del cine español como 'Habla mudita' y 'Demonios en el jardín' reconoce su «derecho a divertirse». Así que con 'Una rosa de Francia' cumple un viejo sueño: rodar en Cuba una cinta «de amor y aventuras», que toma su nombre de una de aquellas baladas que escuchaba en su casa natal de Torrelavega.
Un melodrama como los de antes, con burdeles exquisitos en La Habana de los años 50 y contrabandistas de personas con la sonrisa de Jorge Perugorría, que prometen la Estatua de la Libertad y abandonan su mercancía en un cayo solitario. Sin embargo, Gutiérrez Aragón no ha rebajado su carga metafórica: «Hay un tirano seductor y gente que quiere salir de la isla». Ayer ni siquiera vio los Goya, pendiente del estreno de su filme este viernes. Pero no parece que 'La vida secreta de las palabras' atrape su mirada bulímica.
-¿Tenía memoria sensorial de la isla antes de pisarla?
-Fui a Cuba por primera vez en los años setenta. Era una isla contada y comida en mi infancia. En casa, mi abuela no perdió jamás el acento. Se encerraba en el baño para fumar cigarrillos y me enseñaba a bailar la rumba dando palmas. Vivía en una casa de indianos, con su torre, su escudo y su palmera. Siempre comí en cubano: congrí, frijoles con arroz, plátano frito Los arcones de madera olían como después descubrí que olía Santiago de Cuba; mi familia era de allí, que es ser doblemente cubano.
-Se ha dejado llevar por la sensualidad caribeña.
-Es la atracción de los polos opuestos, entre lo cubano que llevo dentro y lo cántabro, que es una cosa como mucho más austera. Además, después del Valle del Pas en 'La vida que te espera' necesitaba la luz de La Habana. La siguiente toca norteña, y barajo el País Vasco. En 'Una rosa de Francia' he querido plasmar esa alegría y vitalidad en medio de la pobreza, porque sobrevivir allí es un arte.
-Cuba en los años 50 era el lupanar de EE UU, como mostraba 'El padrino II'. No tiene mucho que ver con la Cuba actual.
-No. Pero en la ambientación se ha quedado colgada en el tiempo. La Cuba de hoy es la de entonces: los hoteles, los coches Rodábamos en locales de hace cincuenta años que siguen igual. Quería mostrar una Cuba intemporal, los primeros 50, cuando el Gobierno de Batista todavía no era una dictadura. Aunque hay ciertas metáforas: ahora también la gente se quiere ir de la isla, y si hablamos de lupanar ahí están las jineteras. Pero no he hecho una película política, sino de amor y aventuras con dobleces psicológicos.
-Ese villano carismático
-Puede ser quien sea, je, je. Yo quiero que se fijen en la perversión de las relaciones entre los personajes. Pero sí, hay un tirano seductor y gente que huye hacia la incertidumbre, hacia la nada.
-¿Vio ayer los Goya?
-No. Hace muchos años que ya no voy.
-La mejor película del año está rodada en inglés fuera de España y protagonizada por actores extranjeros. ¿Alborozador o preocupante?
-Me preocupa que la Academia vote a una película en inglés y con actores extranjeros. Tanto hablar de cine español y resulta que se identifican más con una cinta que, eminentemente, no parece española. Eso demuestra que a la Academia no le gusta tanto el cine español como los propios Goya se supone que defienden.
-'La vida secreta de las palabras' no tenía ningún actor nominado.
-No deja de sorprenderme. Desde luego en Francia no sería siquiera una película francesa, porque tendría que ser hablada en francés. Es un síntoma de la globalización: los largometrajes cada vez tienen menos nacionalidad y pueden ser de cualquier parte del mundo. ¿Qué hubiéramos dicho si habría ganado 'El reino de los cielos', con un director que no es español?
-Esa al menos está rodada en España. Al recoger el Premio Nacional de Cinematografía en el festival de San Sebastián destacó el buen momento creativo de nuestro cine, pero lamentó que a nivel legislativo queda mucho por hacer.
-Todavía el gobierno Zapatero no ha estado a la altura de las necesidades actuales del cine, y hablo del cine europeo. La trasposición de la Directiva de la Televisión sin Fronteras hace obligatoria la colaboración entre el cine y la televisión, es algo que viene de tiempos del Partido Popular. Habría que dar los pasos reglamentarios para que sea un hecho. Además, el modelo de cine en salas se está transformando en todo el mundo. Y vamos a sufrir mucho, como en todas las reconversiones industriales. En Estados Unidos, que es de donde viene todo, la recaudación en salas ya sólo supone el 17% del total de ingresos de una película; cuando yo empecé era el 100%. Nos esperan unos años de travesía del desierto.
Tonto contemporáneo
-¿Sigue filmando la realidad para poder soportarla?
-No tengo muy claro si mis películas son muy realistas. Me asusta la proliferación entre los jóvenes de esos largometrajes que no suceden en ninguna parte, como las historias de terror. Mi obra nunca han sido de un realismo total, pero mi mirada sí se ha proyectado hacia la realidad.
-¿Hasta en las peores películas hay momentos mágicos?
-El cine por sí solo es mágico. La peor secuencia, sólo por el hecho de retratar a unos actores, tiene una chispa divina. Los primeros cinco minutos de cualquier película son mágicos, una promesa de amor al espectador. Luego, desgraciadamente, muchas veces el resto es insufrible.
-¿Sigue participando en las tertulias de La Taberna del Alabardero y nombrando al 'tonto contemporáneo'?
-Ya no. Desgraciadamente han ido desapareciendo los contertulios, pero no los tontos. Nombrarlo hoy sería imposible ante el número infinito de candidatos.