Ahora no. Pero antes, hace por ejemplo medio siglo, una carta podía cambiarte la vida, le daba un revolcón total a una existencia. Mejor dicho, el discurrir de la vida de alguna gente podría haber sido otro si una carta determinada hubiera llegado a su destino en el momento requerido. Vuelva usted dentro de cincuenta años, que cincuenta años no son nada para el ciudadano, que siempre la burocracia le dará cumplida respuesta. Y así fue como el nieto de un labrador gallego recibió una misiva que había estado esperando su abuelo desde un remoto mes de noviembre de 1953, que era la respuesta del Ministerio sobre su petición de aprovechar las aguas de un riachuelo para regar unos campos. En abril del pasado año el cartero llamó otra vez. La Confederación Hidrográfica del Norte envía ahora respuesta a la solicitud del citado agricultor y reciben la negativa por la presente los descendientes de aquél que ni se molestan, claro está, en responder. En el típico tono conminatorio de los escritos burocráticos se advierte que ni se le ocurra desviar a sus huertos una sola gota del río. Total, que se retrasan medio siglo en responder y el Sarria siguió fluyendo corriente abajo, durante años y años, hasta cincuenta, absolutamente ajeno al absurdo que se teje en sus orillas, y los herederos de aquel paisano sólo disponen de treinta días para interponer recurso y arreglar un asunto que viene de cuando Franco no tenía Parkinson y asomaba por el horizonte de montañas nevadas la francomanía de lo pantanos. Es de suponer que allá en Galicia el labriego pacienzudo dejó de esperar la carta ministerial y tiró palante arreglándoselas como mejor supo. Sólamente tenía dos opciones: o bien incumplía una ley por falta de respuesta y regaba con el caudal del Sarria los prados o emigraba por la imposibilidad de regarlos. Hoy esa finca se dedica al turismo rural. Es seguro que ya no corrieron las cosas igual a causa de una carta sin posible acuse de recibo.