Carlos Jiménez vivió ayer uno de los días más largos de su dilatada carrera deportiva. El escolta del Adecco Estudiantes no se despegó del teléfono a la espera de una llamada que confirmara su fichaje por el Real Madrid como punto y final a un culebrón que ha enturbiado las aguas de los del Maeztu desde que se hizo público el deseo del jugador de culminar su carrera en las filas del eterno e irreconciliable rival madrileño.
El plazo para la transacción de jugadores entre equipos de la ACB acababa a medianoche. Pasadas las 20 horas, la entidad colegial anunciaba a la ACB que rebajaba la cláusula de rescisión del jugador de 3,6 a 2,6 millones. Con esa tasación, cualquier equipo de la Liga, no sólo el Real Madrid, podría llevarse al jugador si abonaba dicha cantidad. Era la fórmula buscada por el Estudiantes para reabrir las negociaciones y pasarle la pelota al Madrid, que tenía que incrementar en un millón su oferta inicial de 1,6 millones. La contraoferta de los colegiales coincidía con la celebración de su junta de accionistas, muy polémica por la amenaza de algunos socios de alargar la sesión más allá de la medianoche para evitar que el presidente Fernando Bermúdez pudiera rubricar las conversaciones con el eterno rival.
El 'caso Jiménez' explotó en verano. El Estudiantes decidió escuchar ofertas por uno de sus jugadores más carismáticos debido a la precaria situación económica del club. TAU, Barcelona y Akasvayu pujaron por el alero. Incluso el club gerundense llegó a anunciar su fichaje por unos 2,6 millones. Pero el jugador, aduciendo motivos familiares, se negó a firmar. Ante esta situación, la directiva colegial reaccionó de forma drástica: el jugador sólo se iría al eterno rival si abonaba los 3,6 millones de una cláusula de rescisión ayer rebajada lo suficiente como para posibilitar la fumata blanca y el traspaso del internacional.