Cuesta entender lo que está sucediendo en Azkoitia. Una mujer cuyo marido fue asesinado se encuentra con que uno de los asesinos le ha puesto una cristalería en su propia casa. El asesino, y quienes defienden al asesino dicen que él ya ha cumplido con la ley y que tiene derecho a la reinserción social y a iniciar una nueva vida. Pero, siempre hay peros en esta vida, se niega a pagar la indemnización que esa misma ley que dicen haber cumplido le fija. Por si fuera poco, si la viuda del asesinado inicia acciones, valiéndose de nuevo de esa misma ley, para cobrar lo que el tribunal fijó en su día, lo está haciendo por deseos de venganza, porque quiere que el asesino no tenga las cosas fáciles y no quiere solucionar el conflicto, esa palabra mágica que busca acomodo a cualquier posición, por absurda que sea. Desde luego, cuesta entender lo que sucede en Azkoitia.
Supongamos que un violador en serie se pasa treinta años en prisión y al salir de la cárcel abre una tienda en la zona donde viven ahora quienes fueron sus víctimas. Pone en el escaparate, incluso, la fotografía de ellas cuando eran niñas, y también, por qué no, los recortes de periódico de la época. Todo eso le ayuda en su noble deseo de reinsertarse. Desconozco si está haciendo algo ilegal o no, probablemente todo se ajusta a la ley. Lo que sucede es que no todos los comportamientos se deben medir con el exclusivo rasero de la ley. Porque en esta vida, además del cumplimiento de las leyes, hay otros parámetros que hacen posible la convivencia: la educación, por ejemplo. Y la decencia. En Azkoitia falta decencia.
Claro, aquella mala acción se hizo en nombre de una causa justa. Y el asesino sintió un irrefrenable impulso para quitar la vida a la misma persona que se la había salvado antes a él, porque tenemos un conflicto entre nosotros que arranca en las cuevas de Santimamiñe. Mató, asesinó, en nombre de una noble causa. Eso es lo que motivó de forma irremediable su heroica acción. El violador en serie suele sufrir también (eso dicen algunos) un impulso que no puede reprimir para atacar a las niñas. Le nace de muy adentro, es algo profundo, casi patriótico. Lo cierto es que, tanto en un caso como en otro, quienes quedan en el camino son las víctimas. Víctimas para siempre. Algunas de estas víctimas ni siquiera pueden sentir tal condición porque ya no están entre nosotros, y la misma acción de la que fueron víctimas acabó con su vida. Quedan, para sufrir, sus allegados. Y quedan, para seguir haciéndoles sufrir, cuando así se lo proponen, los verdugos.
Esta sociedad es enormemente generosa, y ha mostrado en muchas ocasiones que está dispuesta a abrir los brazos y a acoger de nuevo en su seno a quienes un día sufrieron esos deseos irreprimibles. Pero, naturalmente, no lo puede hacer de cualquier manera, seríamos idiotas de lo contrario. Para empezar, por muchas deudas que hayan saldado con la ley (deudas que incluyen la cárcel y las indemnizaciones), la sociedad les hace un favor cuando les permite volver a su seno. El verdugo no lo puede olvidar, y debe anotar el favor en su debe. La sociedad, con su generosidad, les hace un enorme favor. Quien no comprenda esto no merece ser reinsertado en nada, porque tiene una escala de valores que entra en conflicto, ahora sí, con los de la sociedad. Para seguir, el verdugo, el que ha asesinado, debe mostrar arrepentimiento por haber cometido tal barbaridad. Por haber matado. Alguien que no pide perdón no puede recibirlo de las personas de a pie. Porque la ley cancela la deuda social, nada más. Sólo la petición pública de perdón le pondría en camino de cancelar su deuda con las víctimas. Y, para terminar y no alargarme en pasos intermedios, es muy necesario que el asesino aplique aquello que aprendimos el primer día de la mili: 'Procura confundirte con el terreno'. Es decir, debe desaparecer en el anonimato y en la discreción. Bastante daño ha causado ya para que encima nos lo tenga que recordar de forma indecente con reivindicaciones y manifestaciones públicas.
Nada de eso se ha dado en Azkoitia. No sé si la sociedad es consciente de lo que se juega: un niño es salvado de una muerte cierta por una persona. Años más tarde, esta persona decide matar a su salvador. Cuando sale de la cárcel pone una tienda de cristales en el mismo edificio en el que vive la viuda. Y como la víctima protesta ante semejante barbaridad, parte del pueblo organiza una manifestación encabezada por el asesino para tratar de silenciar la legítima y más que humana posición de la familia. ¿Cabe pensar en tamaña crueldad? ¿Está la sociedad en su sano juicio cuando acepta estas situaciones sin levantar la voz? ¿Nos queda todavía algo de juicio? ¿De verdad hemos pensado con la cabeza fría en lo que está pasando?
La soledad a la que hemos condenado a las víctimas acabará pasando factura a todos. Porque quienes han sufrido, y sufren todavía, ese desdén social, ese 'yo no me meto en líos', ese olvido, ese mirar para otro lado como si esto estuviese sucediendo en algún país exótico (a lo mejor es que está sucediendo en un país exótico), quienes sufren ese contumaz desprecio tienen todo el derecho del mundo a remover cada día nuestra conciencia, para recordarnos su presencia y para decirnos que, a pesar de nosotros, siguen estando ahí. Siguen estando, entre otros motivos y mientras la sociedad no les tenga más presentes, para hacernos la vida un poco más incómoda. A veces con su silencio camboyano, otras veces queriendo participar de forma activa en distintos foros, y, en ocasiones, como en ésta de Azkoitia, para intentar defenderse en una situación que una sociedad un poco más normal, con gente más normal, bajo ningún concepto podría tolerar. Una sociedad sana procura prevenir la enfermedad. Lo malo de una sociedad enferma es no ser consciente de que está ya en ella.