Las pocas esperanzas de encontrar con vida al prestigioso alpinista francés Jean-Christophe Lafaille , desaparecido el pasado jueves mientras ascendía en solitario el pico Makalu, en el Himalaya, se han desvanecido. Por si quedaba alguna duda, ayer el prestigioso Comité del Himalaya de la Federación Francesa de la Montaña y la Escalada -responsable, por ejemplo, de la primera ascensión de la historia a un 'ochomil', el Annapurna en 1950, y encargado de supervisar todas las expediciones a la cordillera- emitió un comunicado en el que consideraba «nulas» las posibilidades de encontrar vivo a Lafaille. A modo de epitafio añadía que lamentaba la pérdida de «uno de los más brillantes representantes» del alpinismo francés.
Ha sido el reconocimiento 'oficial' a una e videncia que su equipo y su esposa ya habían interiorizado desde el martes, cuando un helicóptero sobrevoló la montaña y sus pilotos divisaron la tienda de campaña instalada por Jean Christophe en el último campo, a 7.600 metros de altitud, pero sin la más mínima señal de vida. La nave incluso recorrió todas la ruta de ascensión desde el CB y divisó alguna otra tienda, pero de Lafaille, ni el menor rastro.
Según Serge Koening, consejero de montaña del Ministerio francés de Juventud y Deporte y encargado de coordinar todas las labores de búsqueda, la teoría más probable es que haya caído en una grieta o se haya precipitado al vacío en algún punto entre el último campo y la cima, durante el ascenso o el descenso. «Si hubiese estado vivo, con seguridad habría oído el helicóptero y hubiese dado señales de vida o marcado su posición, por muy agotado que estuviese», explicó
Asimismo, Koening descartó que se vayan a realizar operaciones de rescate en las próximas semanas debido a las extremas condiciones en las que se encuentra actualmente la montaña.
Mientras, Katia, la esposa de Lafaille, vuela ya hacia el campo base para despedirse de él y rendirle un homenaje póstumo. Antes de partir reiteró que no tenía ya ninguna esperanza de que apareciese con vida. «Es realmente duro para mí, sobre todo por nuestro hijo Tom (de cinco años), con quien estaba muy unido. Solían hablar todos los días un par de veces por el teléfono satélite. Es terrible esta sensación de ausencia», concluía.