El Correo Digital
Viernes, 3 de febrero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Intentan liquidar la memoria
El 3 de febrero de 1979, hoy hace diecisiete años, ETA asesinó en Andoain al guardia civil José Díez Pérez; al día siguiente murió en Tolosa el guardia civil Esteban Sáez Gómez. El próximo lunes 6 de febrero se cumplen 25 años del asesinato por ETA del ingeniero de Lemoiz José María Ryan, ese mismo día hará diez años que Fernando Múgica Herzog fue tiroteado por la banda. El 8 de febrero se cumple el tercer aniversario del asesinato de Joseba Pagazaurtunda. El 9 de febrero de 1976, ETA asesinó al alcalde de Galdakao Víctor Legorburu Iberreche. Un 10 de febrero de 1997 fue asesinado el peluquero Domingo Puente Marín y ese mismo día, ETA asesinó a Rafael Martínez Emperador, magistrado del Tribunal Supremo. Al día siguiente, Francisco Arratibel fue asesinado en el carnaval de Tolosa. El 12 de febrero de 1996 ETA asesinó a Francisco Tomás y Valiente y el 17 febrero de 1997 mató al policía nacional Modesto Rico Pasarín. El 22 de febrero se cumplirán seis años del crimen de Fernando Buesa y de su escolta, Jorge Díez Elorza. El 23 de febrero de 1984 fue asesinado el senador socialista Enrique Casas y ese mismo día, pero de 1979, ETA mató en Itziar el guardia civil Benito Arroyo Gutiérrez...

Vayan todos estos nombres en reconocimiento de todas y cada una de las víctimas de la banda terrorista. Febrero es un mes aciago, y el más corto, pero no hay ni un solo día de ni una sola semana de ni un solo mes de ningún año en el que no haya habido una víctima mortal a manos del terrorismo nacionalista vasco.

Todas las personas asesinadas han sido elegidas de forma concienzuda por sus criminales. No les han matado porque sí, ni se puede decir que su muerte carezca de sentido. Los terroristas han asesinado con fines muy precisos. Han asesinado a militares, a policías y guardias civiles cuando en su delirio pensaban que podían derrotar al Estado. Han asesinado a personas como Ryan, porque pensaban que al hacerlo se ganaban el apoyo social de una parte de la población. Han matado a políticos de la UCD, del PP, del PSOE y de UPN, porque querían exterminar, aniquilar, las ideas que ellos representaban. Han asesinado a periodistas y a miembros de plataformas cívicas para frenar la oleada de movilizaciones que amenazaba con romper el estatus de miedo creado por los crímenes. ETA ha empleado durante años una 'didáctica del miedo', consistente en asesinar a uno para atemorizar a mil, en seleccionar a unas víctimas significativas, para que las de su gremio o partido se aterrorizaran y guardaran silencio. El proyecto dictatorial de ETA busca personas silentes, exige que no haya ciudadanos dispuestos a protestar por la injusticia y la barbarie de la muerte, precisa una sociedad agarrotada por el miedo.

Bien, ETA ha fracasado en su intento por crear una sociedad sin ciudadanos. En mayo de 1980 asesinó a Ramón Baglietto, en medio de la indiferencia de tantos vascos que entonces solían rematar a la víctima con la cobarde frase 'algo habrá hecho'. Hoy, gracias a mujeres como Pilar Elías, la viuda del miembro de UCD, o Maite Pagazaurtundua, esa muerte no sale gratis, como querrían sus criminales y como el frente nacionalista desea. El intento de los nacionalistas del PNV y de EA por borrar el pasado criminal de los asesinos de Ramón Baglietto ha fracasado porque donde antes hubo silencio, ahora hay respuesta ciudadana. Los terroristas y sus palmeros, acostumbrados a copar los plenos de los ayuntamientos en los homenajes a los etarras, ven cómo hoy son los cercanos a las víctimas quienes llevan la voz cantante. Pasó hace unos días en Azkoitia y pasó hace tres años en el salón de plenos de Andoain, con motivo del asesinato de Joseba Pagazaurtundua. Pasó de manera insurreccional con Miguel Ángel Blanco, cuando el nacionalismo vasco se asustó y decidió poner a limpio el frente nacionalista para no perder el poder.

Hoy asistimos a una planificada política nacionalista -del PNV, de EA, de Batasuna- para aniquilar el pasado reciente, el presente también, por prestigiar a los asesinos y mandar callar a las víctimas, por establecer que cualquier intento de recuperar la memoria, la dignidad y la justicia es poco menos que un ejercicio de revanchismo. Resulta curioso ver cómo el nacionalismo vasco, que tiene esa querencia obsesiva por recurrir al pasado para explicar nuestras supuestas diferencias porque somos un pueblo prehistórico (Ibarretxe dixit), tenga tantas ganas de borrar un pasado tan reciente que es presente.

Aquí hay una banda que durante cuarenta años ha asesinado a todo lo que se le ponía por delante, a todos los que dificultaban la implantación de su proyecto totalitario de dictadura nacionalista y socialista, de régimen étnicamente puro y estalinista. Han asesinado a los símbolos del poder y de las ideas que querían combatir y han asesinado a los ciudadanos que se sublevaban y, al hacerlo, ejercían un liderazgo sobre el resto de los vascos que rompía la estrategia de la banda.

Aquí no da igual haber sido asesino que víctima, criminal que asesinado o exiliado, terrorista que amante de la libertad. No. Ésta es la maniobra en la que nos encontramos. Se trata de que ETA consiga sin matar lo que no logró cuando asesinaba y que, como siempre ha ocurrido, sea el PNV el que capitalice en más poder político, en más poder económico, los años de muerte que han asolado la vida de este país. Nos quieren meter en la cabeza otra vez que los criminales estaban cargados de razones para matar y que las víctimas eran merecedoras de su muerte y tenían que dar explicaciones por ella; es decir, quieren volver a los ochenta, cuando las víctimas eran asesinadas a mansalva y se morían solas, sin coste político para los criminales, que además otorgaban la hegemonía a los nacionalistas.

El proyecto nacionalista de liquidación de la memoria quiere aniquilar los avances conseguidos por los movimientos cívicos y por los partidos que ponían las víctimas, para dejar establecido que fuera del nacionalismo no hay salvación; es decir, lo que planteaba ETA cuando era una organización que marcaba la agenda con sus asesinatos. No es casual el intento del PNV y de EA por apoyar a los criminales -no sólo en Azkoitia- y ningunear a las víctimas; es lo que han hecho siempre, con la ventaja para ellos de que ahora la burda maniobra puede notarse menos, porque no hay asesinatos.

Frente a esta grosera manipulación hay que dejar claro que las víctimas tienen un significado humano, pero tienen también un significado político: son el símbolo del intento de un proyecto nacionalista totalitario por hacerse con Euskadi y asesinar y neutralizar a quienes se pudieran oponer a ello. Son el símbolo también de la resistencia cívica contra ese exterminio. Esto es lo que está en juego ahora. Parece evidente que si algunos no nos callamos cuando ETA asesinaba, tampoco podemos callarnos ahora que no mata.



Vocento