Jordi Mollà es un actor intenso. Por eso habla como un personaje de Medem, con metáforas y reflexiones que alimentan aún más su fama de rarito: le preguntas por su carrera en Hollywood y te suelta que él es «como el aceite de oliva Carbonell: producto interior bruto». Mollà es la estrella de 'GAL', un 'thriller' de los responsables de 'Lobo' -casi dos millones de espectadores- que repasa quince años de 'guerra sucia' a partir de la investigación periodística de Melchor Miralles y Ricardo Arqués. El subcomisario Amedo puede estar contento: la estrella de 'Blow', 'Dos policías rebeldes II' y 'El Álamo' se ha esforzado en meterse en su achulado pellejo.
Y cómo. Miralles, periodista de 'Diario 16' y 'El Mundo' reconvertido en productor ejecutivo, desvela que el actor sigue metido en el personaje después de gritar '¿corten!'. Deambula por el plató con auriculares que no están conectados a un iPod, sino a las 32 horas de conversaciones que el reportero mantuvo con José Amedo y su subordinado Michel Domínguez. Se las sabe de memoria.
Va a comer y se hurga los dientes con palillos, como un villano de puticlub. Llama al actor que encarna a Domínguez con su nombre de ficción cuando no rueda, y hasta apesta a colonia barata, la misma que, según Mollà, habría usado el tristemente célebre policía, hoy en libertad. En 'GAL', Amedo se llamará Ariza. «Yo busco mis personajes por la calle, y en el caso de Ariza he encontrado muchos Arizas. Me atrajo que se trata de un verdugo víctima: va cortando cabezas hasta que se la cortan a él. Me encanta que tras la parafernalia de chulazo, canalla y dandi se oculta un hombre muy tierno, incluso tiene alguna connotación homosexual».
-¿Qué sabía de Amedo?
-Nada absolutamente. Yo he sabido de Amedo cuando me han ofrecido hacer esta película. Tampoco tenía ni idea del GAL. Nunca he sido un consumidor de noticias. Supongo que es una defensa, prefiero mantenerme al margen de la realidad.
-¿Es buena señal que se revise desde la ficción un periodo histórico tan cercano en el tiempo?
-No creo que a la gente le venga de nuevas saber que ocurrieron estas cosas. La corrupción es infinita, no ha pasado nada que no ocurra ahora o en el futuro, por un motivo u otro, a una escala u otra. El poder lleva siempre intrínseco una parcela de corrupción, incluso creo que es necesaria, aunque no soy político ni me interesa la política.
Poner inyecciones
Jordi Mollà descansa en una caravana plantada en el puerto de San Sebastián, el cuartel general de rodaje en la ciudad. Le reclaman para maquillaje, pero los ayudantes de producción parece que temen llamar a su puerta. Va a su bola, pero no de divo: ha preferido quedarse con el grueso del equipo en un hotel trotón a compartir con el director Miguel Courtois y los actores principales, Natalia Verbeke y José García, las suites del Hotel de Londres con vistas a La Concha.
Acaba de escribir en el portátil y suena un disco de ópera. A sus 37 años, Mollà ha publicado dos novelas y dirigido un largometraje, 'No somos nadie'. También pinta. Un tipo culto. Sobre la mesa, un bote de colonia 'Quorum', a la venta en supermercados. Miralles no mentía.
-¿Lee con más respeto un guión basado en sentencias judiciales?
-No te creas. Tengo muy bien separado mi trabajo y lo que pasó históricamente. Esta mañana pensaba en cuántos 'biopics' he hecho: 'El Álamo', 'Volaverunt', 'San Antonio de Padua' Tampoco quiere ser muy fiel para que haya mayor margen para la creatividad.
-¿No hay peligro de que 'GAL' se vea como un documental?
-Es lo de siempre. Yo he puesto inyecciones en una película, y habrá más de uno que diga que no se ponen así.
Santos italianos
En 1993, el ojo certero de Bigas Luna reunió en 'Jamón, jamón' a Mollà con otros dos actores que acabarían haciendo las Américas: Penélope Cruz y Javier Bardem. «Había estudiado en Barcelona en el Instituto del Teatro y luego me dediqué durante un año a pillar de escuelas muy diferentes: italiana, húngara, francesa ». Su padre vendía a gritos ajos y cebollas por las calles de L'Hospitalet. No le hizo mucha gracia que su hijo pasara de ser administrativo. «Mi padre no es un intelectual, pero sabe mucho de los ajos. Sabe lo que hay dentro de las cosas y se explica la vida partiendo de la base de que todo ha crecido de la tierra que tú y yo pisamos».
-¿Pone toda su energía en el mercado americano?
-Ya no entiendo nada. Yo soy como el aceite de oliva Carbonell, producto interior bruto. He ido a Hollywood y ha habido gente muy contenta de que los americanos se pongan en su tostada aceite de oliva, pero a otros no les he gustado nada. Aquí ya nadie sabe dónde vivo: Barcelona, Madrid, Los Ángeles ¿Qué más da! Parece que tienes que vivir en un sitio para tener ciertas oportunidades. La gente fantasea mucho: si dices que vives en Los Ángeles se creen que estás ahí arriba, ¿buahh! Y nada de eso.
-Vamos, que no pone toda su energía.
-Entiendo tu pregunta. No me he ido a EE UU, pero tengo el ojo puesto por si pasa algo que está a mi alcance. Porque soy honesto, no como otros actores; uno tiene que trabajar con lo que tiene, no con lo que sueña, porque si no viene la frustración. En Italia me ofrecen santos, personajes buenos con gran corazón; en Hollywood sólo malos y zumbados. He tenido que elegir un papel muy pequeñito en una gran película, pero que al menos no sea el malo ('Elizabeth: The Golden Age', con Cate Blanchett, Geoffrey Rush y Clive Owen). Son mercados en los que tienes que ser muy astuto.
-Qué bien quedan los actores cuando cuentan sus esfuerzos para meterse en el personaje.
-Es un instrumento de promoción. Yo necesito desmitificar mi profesión, porque sino la responsabilidad me saca a bailar. Si la mitificara, lo primero que no existiría sería el personaje. No soy un actor, sino un intérprete gracias a que hago otras cosas, llámame autor si quieres. Me han dado un violín, hay una partitura, unos compañeros y un director de orquesta. Y yo tengo que sonar. No puedo añadir notas. Nunca le voy a decir a un director: 'vamos a rodar esta escena por quinta vez'.