El 'Papa negro', llamado así por sus ropas y cargo vitalicio, lo deja. El holandés Peter-Hans Kolvenbach, general de los jesuitas desde 1983, renunciará a su puesto y convoca una congregación general, el más importante órgano de decisión de la orden, el 5 de enero de 2008 para elegir a su sucesor, según comunicó ayer en una carta a sus compañeros. Es la segunda vez que ocurre, tras su antecesor Pedro Arrupe, en los casi cinco siglos de historia de la Compañía de Jesús, pues el superior sólo puede abandonar por enfermedad o por una especial decisión de conciencia.
En este caso, según detalla Kolvenbach en su misiva, lo ha decidido con el «consentimiento» de Benedicto XVI y todo apunta a que se debe al cansancio y a su edad, pues cumplirá 80 años en 2008. No es ningún secreto que deseaba dimitir desde hace al menos diez años, pero Juan Pablo II siempre le negó el permiso. En parte porque no deseaba reactivar el 'polvorín' de los jesuitas tras la crisis de los 80, y también porque tocaba el espinoso tema de su propia renuncia. Ahora parece el momento, por fin, de pasar página.
De esta forma se dispone a salir de escena el hombre que llegó al mando de la Compañía en 1983 para serenar los ánimos tras el grave enfrentamiento con la Santa Sede y la purga a la que fue sometida por el Papa. En un polémico episodio de su pontificado, Wojtyla intervino con un golpe de mano la cúpula de los jesuitas el 26 de agosto de 1981, tras la trombosis que acababa de sufrir el anterior general, el carismático Pedro Arrupe. Este bilbaíno inquieto y viajero que vivió la bomba de Hiroshima revolucionó la orden desde 1965 con un giro decisivo hacia la lucha contra la injusticia y la defensa de los pobres.
El giro progresista
Los jesuitas se colocaron así en la 'vanguardia' liberal de la Iglesia, pero el Vaticano lo vio como un peligroso viraje a la izquierda, cercano en Iberoamérica a la Teología de la Liberación. Esta tensión se agudizó con Juan Pablo II, que en 1981 colocó a un jesuita de su confianza al frente de la orden, Paolo Dezza, y sólo permitió una congregación general en 1983. En ella renunció Arrupe y fue elegido Kolvenbach, que ha mantenido la orden en un perfil más discreto.
Con un esquema simple y ya habitual, se suele decir que con Juan Pablo II se consagró el Opus Dei y los jesuitas cayeron en desgracia. El juego se vuelve a abrir con Benedicto XVI y la Compañía de Jesús afronta esta nueva etapa eligiendo un nuevo superior. Será el número 30 desde San Ignacio de Loyola, fundador de una orden con 20.000 religiosos en 127 países.