La desmedida reacción del mundo islámico ante una viñeta del profeta Mahoma publicada en un diario de Copenhague es fiel reflejo de las graves dificultades que plantea el Islam para adaptarse al mundo actual. Amenazas de todo tipo, exigencias de sanciones por parte de los ministros de Exteriores de la Liga Árabe reunidos en Túnez, boicot a productos comerciales y actos organizados contra los símbolos de Dinamarca constituyen respuestas manifiestamente desproporcionadas. Otra cosa es que los medios de comunicación europeos deban ser cuidadosos con los términos que utilizan acerca de los sentimientos religiosos y morales, en especial cuando se hace alusión al delicado problema del terrorismo. Pero este principio afecta no sólo al Islam, sino a todas las confesiones, muy en particular a la Iglesia católica, a la que con frecuencia se hacen referencias públicas en términos peyorativos, que a muchos creyentes nos lleva a exclamar: ¿ya está bien!
La tolerancia y la libertad de conciencia son productos de un largo devenir histórico que alcanza su plenitud con el surgimiento del Estado constitucional. Derivan, en último término, de un proceso de secularización que sólo han logrado desarrollar los pueblos de tradición clásica y cristiana. Ante la desmedida reacción del mundo islámico no basta con afirmar que el boicot a los productos daneses «viola las normas del comercio internacional». No es aceptable que Occidente, paralizado a veces por extraños complejos, acepte las exigencias de quienes hacen gala de su propia intolerancia, mientras se jalea a los críticos del Papa o a quienes se burlan de la religiosidad de determinados líderes políticos. ¿Cómo actuaría el Islam ante un mensaje equiparable al que transmite 'El Código Da Vinci'?