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Martes, 7 de febrero de 2006
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En un lugar de la frontera hispano-lusa existe una capilla dedicada a San Antonio, figura venerada con igual fervor por dos pueblos vecinos que reivindicaban ambos, cada uno para sí, la propiedad de la imagen hasta el punto de que la romería del patrón se convertía en batalla campal donde en los dos bandos se oía un idéntico grito de guerra: 'San Antoniño é noso'. 'El santo es nuestro', vociferaban unos y otros en medio de la refriega. Con los años y la masiva emigración se apaciguaron los ánimos de los devotos enfrentados. La ermita de la discordia la compró con el tiempo un particular y desde que el pequeño santuario pasó a ser propiedad privada reina la paz en la procesión de la fiesta patronal.

De la imaginería sagrada y las disputas en torno a ella está la Historia más que sobrada. Lo que sucede con la reciente reacción de países islámicos a la publicación de las caricaturas de Mahoma es que se reacciona a nivel planetario. Los museos están llenos de dioses, ídolos que hace siglos nadie cree en ellos. Dioses que se resignan a la gloria que les reserva la literatura que es la única gloria que les queda a los dioses que pierden adoradores. El Olimpo es hace mucho un cielo olvidado de divinidades en desuso a las que nadie adora ni implora fuera de los turistas que se extasían artísticamente en los templos romanos y otro tanto pasa ante un fresco de Osiris en una tumba egipcia.

El arte sacro fluye por el mercado negro en fulgurante negocio de catacumbas por donde policromadas tallas van de altar en altar del coleccionismo a través de turbios vericuetos. Robos en iglesias. Tráfico subterráneo por veces santificado. Innumerable arte religioso se perdió para siempre víctima de iconoclastas. Radicales de la Reforma arremetieron en el siglo XVI contra las imágenes piadosas del catolicismo. Objetos, pinturas y esculturas, retablos, el esplendor artístico de la Edad Media desapareció entonces. En Berna se halló en 1986 un cementerio de estatuas de aquella ola destructiva. Hoy, se dinamitan Budas a la luz de las cámaras y la sacralización que denuncian de los iconos modernos del consumo masivo es pecata minuta frente a la voz tronante de antiquísimos profetas.




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