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Martes, 7 de febrero de 2006
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DEPORTES
CICLISMO
El genio de cristal
Freire, triple campeón mundial, vive resignado a apenas competir por una lesión intermitente y ha tenido que acostumbrarse a ganar sin casi entrenarse
El genio de cristal
CAMPEÓN. Freire tiene tres títulos mundiales. / EL CORREO
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La selección española inicia un entrenamiento. Son los días previos al Mundial. Es una carrera de fondo, de más de 260 kilómetros, de seis horas y media rodando. El grupo, dirigido por Paco Antequera, sale a curtirse de asfalto, a aclimatarse a lo que le espera. Al de 20 kilómetros, uno de los dorsales levanta la mano: «Bueno, yo ya tengo bastante». Y se da la vuelta. Hacia el hotel. Apenas 40 kilómetros. Hora y pico. Los demás, en cambio, siguen. Sin protestar. Asumen su condición humana. Saben que el que se ha ido es el elegido, que su medida es otra. El genio es Óscar Freire, un corredor que apenas corre, un ciclista que vive entre lesiones, un portento que, unos días después, volvió a ganar el Campeonato del Mundo. Y van tres.

«He tenido que acostumbrarme a correr con molestias», repite como aburrido de ser un ciclista a tiempo parcial. El nudo del dolor nace en el isquión, en el punto de apoyo con el sillín. Ahí se trenza un desequilibrio que luego le desajusta la espalda. Ya no cree en médicos ni en milagros. El genio es de cristal. Punto. Ahora, después de una carrera deportiva sondeando dolores, se ha resignado a esa arquitectura resquebradiza. Por eso, casi no se entrena, y cuando puede competir, gana. Goteando clase. «Hoy he hecho un entrenamiento duro, de una hora o así», bromea al entrar en el hotel Sol Antillas, en Palmanova. Las cosas del genio.

Ni siquiera debió ser ciclista. A los dos años y tras tres intervenciones quirúrgicas, los médicos dieron por perdido su pie derecho. Nació y vivió en un cuarto piso sin ascensor del barrio Covandonga, en Torrelavega. Hijo de un obrero de Sniace y de Raquel, una vendedora ambulante que le llevaba en su furgoneta a las carreras. Su destino parecía dirigirse a un buzo de trabajo en la empresa Firestone, al lado de su tío. Pero el genio cambió el trazo. Y sin ayuda. 'Oscarito' arrollaba entre la chavalería ciclista de Cantabria. Sin embargo, por algún motivo, nadie terminaba de creer en él. «De crío muchos dudaban de que pudiera mantener mi nivel en categorías superiores. Ganaba al sprint y decían que no subía nada. Luego, en cadetes, demostré que iba bien en las cuestas y me acusaron de 'chuparruedas'. Así que un día decidí escaparme y ganar en solitario. Entonces dijeron que me estrellaría en la categoría amateur».

Contradictorio

Quizá por eso nunca fue seleccionado. Eso sí, cuando le llamaron, subió al podio del Mundial sub'23. Y en 1999, en Verona, ante todo el universo ciclista, lanzó una pregunta: ¿Quién es el dorsal 92? Freire, campeón del mundo aquel día. A su manera: sin casi entrenarse, con sólo once carreras en todo aquel año. El catón del genio.

¿Y cómo es él? Contradictorio. Es esprinter. Tiene 50 metros de detonación. Inigualables. Pues bien: «No supe que era esprinter hasta que pasé al campo profesional». Es también discontinuo. Vive al ritmo dictado por sus lesiones. «Pero nunca he acabado una temporada sin victorias». El año pasado sólo pudo competir hasta abril. En total, 28 carreras y siete victorias. Así y todo, encabezó el ránking de triunfos entre los ciclistas españoles.

Es rebelde, una voz en un gremio silencioso. Protesta por el acoso al que les somenten los 'vampiros' de la UCI o el AMA, reivindica el derecho a la intimidad de los ciclistas, defiende la honorabilidad de su deporte, critica el UCI Pro Tour...

Freire es además un genio despistado. En Lisboa, en los días previos al Mundial, regresó antes de un entrenamiento. Ya se sabe. Él necesita menos kilómetros. Sus compañeros, conscientes de que el cántabro precisa de un reguero de migas para volver a casa, le escoltaron hasta la rotonda que daba de frente con el hotel que ocupaban. Allí le dejaron, a cien metros de la recepción. A la tarde, tras 200 kilómetros de sudor y después del masaje, todos escucharon una pregunta: ¿Y Freire? Había desaparecido. Llegó de noche y en un taxi. Se había despistado. Cuando le dejaron en la rotonda, se confundió. Entre que se quitaba el casco y tomaba un trago de agua, se desorientó. Tiró por un camino erróneo y comenzó a vagar por Lisboa. Y cuando, por fin, paró para preguntar, le tartamudeó la voz. No recordaba el nombre de su hotel. Sólo tenía un dato: «Era de pared blanca». Llegó de noche. Unos días más tarde, volvió a ganar el Mundial.

Servicio militar

Despistado, genial, rebelde y contestatario: él fue uno de los pocos que permaneció firme en la última huelga general convocada en España. Ha crecido entre los buzos sucios de Sniace. Mientras los ciclistas corrían la Volta a Cataluña, él paraba. No le gustan las mordazas ni las ataduras. Aún brama contra el servicio militar, el que tuvo que sufrir en el cuartel de Mungia: «La única concesión que me hicieron los mandos fue dejarme hacer por mi cuenta la hora de gimnasia, pero sólo durante los dos últimos meses». Pasó un año haciendo guardias e 'imaginarias'. Sin casi entrenarse. Y claro, apenas unas semanas después de licenciarse, ganó la carrera amateur de Mungia. «No tenía que haber ido a la mili. Me declaré objetor, pero cuando me llamaron para hacer la prestación sustitutoria pasé de todo. Al final me dieron la baja y tuve que ir a la mili».

¿Pasota? Sí. No usa reloj. «Me tomo la vida con tranquilidad». ¿Peculiar? También. Es un ciclista al que no le gusta el Tour. ¿Confiado? Claro. En 1999, cuando no era nadie y apenas podía competir, Javier Mínguez le ofreció renovar con el equipo Vitalicio. Freire le dijo que no, que esperara al Mundial. ¿Genial? Por supuesto. Le pirran la leche condensada, los flanes y las palmeras. Y no engorda. Pasa las tardes previas a un mundial paseando y de compras por la ciudad, algo que el cansancio les prohíbe al resto de los ciclistas. Él, en cambio, no puede estar sentado con las piernas colgando más de diez minutos porque le cruje la espalda. Se aburre en los gimnasios. «No me gusta hablar de ciclismo». No hace nada de lo que corresponde a un profesional. Bueno, algo sí: ganar. Genial. Sin casi entrenarse. Único. Aquiles con un talón en la espalda.




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