El Correo Digital
Martes, 7 de febrero de 2006
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OPINIÓN
EDITORIAL
Una postura común
La crisis de las caricaturas afecta ya de lleno a la identidad europea y a su imagen en el mundo islámico, incluidas las propias comunidades musulmanas de Europa. Sin embargo la UE, una vez más, está mostrado dificultades para responder con una sola voz y un mensaje claro; únicamente la gravedad de los incidentes, con la destrucción de sedes diplomáticas y represalias contra Dinamarca, está haciendo de aglutinante. Ayer, en lo que debe ser un primer paso para esta imprescindible unificación de posturas y estrategias, se reunió a petición danesa el Comité Político y de Seguridad. Pero de momento, y por mucho que el alto representante de la diplomacia europea, Javier Solana, haya pedido el fin de la violencia y advertido a los países árabes del descrédito que les acarrea esta espiral de violencia, las declaraciones a título individual realizadas por varios jefes de Gobierno, como si no formaran parte de la Unión y poniendo cada uno el acento en alguno de los dos extremos de la polémica, han evidenciado que la Europa política está lejos de ser una realidad. En el caso español, el presidente Rodríguez Zapatero ha virado desde la inicial equidistancia hacia la comprensión del hecho religioso, con una defensa de su 'alianza de civilizaciones' mediante una carta firmada con el primer ministro de Turquía, Taryp Erdogan.

La violenta reacción desatada por la publicación en los medios occidentales de las caricaturas danesas sobre el profeta Mahoma está siendo tan desproporcionada que hablar de respeto desde ambas partes significa establecer una equivalencia de responsabilidades injustificable. Por mucho que los dibujos fueran desafortunados, la protección del hecho religioso que Europa debe fomentar es el propio de un Estado de pluralismo y libertad. Es evidente que grupos radicales islámicos están utilizando este caso para fomentar el odio a lo occidental, marginar las opciones musulmanas o laicas moderadas e impedir la democratización de sus países. Ante esta manifestación de radicalismo, la descoordinación de los líderes europeos es inadmisible. No basta con tratar de salvar las relaciones bilaterales con determinados países árabes o apostar por la disolución progresiva de la crisis. Las actuales tensiones en Irak, Líbano y Palestina, y la negativa de Irán a cooperar en cuestiones nucleares, están dando alas a los grupos radicales para extender este movimiento de protesta y destrucción, que con el tiempo podría llegar incluso al interior de Europa. Si la Unión no actúa con una sola voz en este asunto, su credibilidad internacional, ya mermada, quedará aún más dañada. Y lo que es peor, dará la sensación de ser vulnerable a los ataques y las amenazas.



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