«Desde el día de la operación, tengo una cara como todo el mundo». Isabelle Dinoire, la mujer sometida al primer trasplante facial en los anales médicos, mostró ayer al mundo su rostro reconstruido con la piel de una mujer en estado de muerte cerebral. La epifanía de Isabelle se produjo en el salón de actos del hospital de Amiens (norte de Francia), donde el pasado 27 de noviembre acontenció la proeza quirúrgica.
«Espero que mi operación podrá ayudar a ciertas personas a revivir», dijo con dificultades de vocalización pero de manera inteligibile. Con voz monocorde y a veces apenas audible, leyó un texto en el que expresó su gratitud a los doctores y a la familia de la donante, cuya identidad fue revelada por la prensa británica. «Quiero disculparme por el acoso que ha sufrido. Gracias a ella, una puerta al futuro se abre a mí y a otros», señalo.
«Mi nariz, mi boca»
Los profesores Bernard Devauchelle y Jean Michel Dubernard, artífices de la primicia médica, anunciaron que han pedido al Ministerio de Sanidad francés autorización para practicar otros cinco traplantes faciales. La receptora del primer implante del triángulo nariz, labios y mentón superó una crisis de rechazo a la tercera semana y evoluciona con «normalidad».
«Ahora puedo abrir la boca y comer. Desde hace poco siento mis labios, mi nariz y mi boca», explicó la pionera, de 38 años, con un empleo del posesivo elocuente de su apropiación de los injertos. A pesar del intenso maquillaje, era perceptible la cicatriz circular en torno al implante, cuya textura y pigmentación se confunden con el resto de la cara.
La secuela más llamativa es el labio inferior, que cuelga ligeramente y no llega a cerrar por completo la boca. Aún así, Isabelle bebió un trago de agua en un vaso sin dificultades aparentes. Intensas sesiones de rehabilitación para reactivar los músculos y años de tratamiento inmunosupresor dominan su porvenir.
Divorciada y madre de dos hijas, en mayo se desvaneció en casa por efecto de los medicamentos que tomó «para olvidar una semana perturbadora y con muchas dificultades personales». Fumadora -aún hoy- empedernida, al despertarse no podía sujetar el cigarrillo que intentaba encender. «Entonces vi el charco de sangre y la perra (que la había desfigurado a mordiscos) a mi lado». «Me miré en el espejo y, horrorizada, no podía creer lo que veía», recordó. Ahora celebra feliz tener «una cara como todo el mundo».