Estuve en Azkoitia por última vez el pasado mes de julio. A partir de la muerte de mi padre en 1990, las visitas se habían espaciado y los años de plomo interrumpieron el turismo familiar. Ahora sólo quedaba el vacío. La casa de mis abuelos, en el barrio de San Martín, estaba desierta, aunque unos vecinos me informaron de que una de mis tías supervivientes se había trasladado a Bilbao y la otra se encontraba en una residencia de ancianos. Alguien debía ocuparse de la casa, porque delante de la entrada seguía estando la planta de pendientes de la reina, que siempre fue para mí como un imán cuando era niño. En aquellos tiempos, hace medio siglo, al lado de la puerta estaba el banco de alpargatas donde había trabajado mi abuelo, Eusebio Elorza Azpiazu (triste coincidencia). Al minúsculo jardín de la entrada daba la cocina, en la que se reunían al final de la tarde todos los tíos, salvo el de más edad, Ignacio, molesto porque en la herencia de la casa no le fuera reconocida su condición de mayorazgo. De las conversaciones nada puedo decir, porque se desarrollaban en euskera, especialmente si había niños, para que no se perdiera el idioma, ya que no podía ser enseñado en la escuela. Mi abuelo era un hombre muy afable, siempre sonriente, al que nunca llegué a ver sin la txapela, y lo mismo puede decirse en cuanto a carácter de mis tíos, que salvo los pequeños habían hecho todos la guerra con Franco, como buenos carlistas que por su condición de euskaldunes tropezaron alguna vez con la censura al enviar sus cartas desde el frente a los padres en mal castellano. El más vivaracho era el tío Juanito, españolista acérrimo, que por un azar del destino fue a morir un 12 de octubre. Pero no sólo había carlistas, sin contar con la excepción de mi padre, comunista ateo que al llegar a Azkoitia pasaba a ir puntualmente a misa. La personalidad fuerte de la familia correspondió a la tía Estefanía, hermana de mi abuela, comadrona y nacionalista, también sumamente cordial, que había sido desterrada por cierto tiempo al terminar la guerra. Todas las vivencias y los recuerdos que tengo de la Azkoitia de entonces son favorables, desde la convivencia en la familia al goce de despertar contemplando enfrente el monte Izarraitz. Mi padre tenía algún dinero y yo siempre le presionaba para que comprase otra casita en el barrio de San Martín. Por fortuna no lo hizo.
Había otra razón para mi afecto por Azkoitia. Yo suelo bromear diciendo que en dos ocasiones, si me descuido, no nazco. La primera fue la Guerra de Cuba, cuando mi abuelo materno se libró de ir de sustituto por alguien que no llegó a reunir los trescientos duros necesarios y murió apenas desembarcado. La segunda, al no haber sido fusilado mi padre al terminar la Guerra Civil, a pesar de su condición de oficial del ejército republicano y de miembro de la comisión de la UGT que ejecutó la socialización de la Bolsa de Madrid. En una aventura insensata, según me contaron, su hermano Eusebio, que había entrado en Madrid como soldado entre los nacionales, le acompañó en el viaje en tren de Madrid hasta Azkoitia, el uno con el uniforme y el otro con la documentación. Una vez llegado a su pueblo, a lo largo de tres años, Antonio Elorza padre se convirtió en un extraño topo, hasta el verano de 1942, saliendo de madrugada al monte y regresando ya de noche a la casa del barrio de San Martín. En un lugar con tanta población carlista, donde todo el mundo sabe lo que hacen los demás, nadie le denunció en todo ese tiempo. Mi simpatía de adolescente por el nacionalismo tuvo esa base. Con contadas excepciones, a diferencia de lo ocurrido en otras partes de España, la solidaridad, creía yo, estuvo por encima de las diferencias políticas en esos años de plomo.
Tal vez por eso el episodio Baglietto, culminando con la visión del reportaje de Tele 5, ha producido en mí un efecto auténticamente desgarrador. Alguien que haya seguido mis escritos conocerá de sobra el absoluto escepticismo que me inspira la descripción del nacionalismo en nuestro país como un fenómeno con 'dos almas' perfectamente diferenciadas, una radical, propensa al terrorismo, y otra estrictamente democrática. Precisamente porque en mi primer libro sobre el tema, 'Ideologías del nacionalismo vasco', escrito ya hace casi tres décadas, subrayé la pluralidad de corrientes en el primer nacionalismo vasco, estuve en condiciones de advertir que la ortodoxia sabiniana era lo que se había impuesto por encima de la división entre pragmáticos y radicales. Una ortodoxia que, tal y como intento explicar en mis últimos trabajos, supone que el movimiento político nacionalista, sea radical o moderado, lleva a asumir la organización del odio que propugnara Sabino Arana, tanto en su programa político como en sus escritos de apariencia literaria.
A pesar de ello, una cosa es perfilar una interpretación de la realidad política a golpe de citas y otra ver, como hemos visto estos días, esa realidad con toda su carga bestial de deshumanización. Pensemos en la situación más parecida a esta Euskadi 2000: la Alemania de los años 30. Por duro que resulte definir y estudiar el nazismo, peor es contemplar cara a cara a unos tipos que en su expresión y sus juicios no pueden ser calificados de otro modo que como unos malditos nazis.
Por encima de las ideologías, lo que predomina en las actitudes de los que fueran 'killers' de ETA es la mencionada deshumanización, llevada a límites insoportables. No sólo se muestran tan tranquilos y sin el menor arrepentimiento por haber llevado a cabo su crimen, o sus crímenes, al servicio de esa Euskal Herria que comparten con Ibarretxe, sino que pretenden convertir al interlocutor en cómplice, arrojando todo el cieno posible sobre la figura del muerto, convertido sin la menor prueba en 'chivato' o en miembro del 'aparato opresor' de esa concepción totalitaria del País Vasco que trata de implantar ETA. Incluso uno de ellos lanza un mensaje que fuera de Azkoitia no significa nada, pero que allí alcanza el nivel máximo de difamación: «Era amigo de José Txiki». Si no me equivoco, se refiere al más importante de los notables locales vinculados al franquismo, luego asesinado por ETA, el jefe de los moros leales a que se refería en los años 50 mi amigo Alvaro Valle Lersundi. El crimen no es suficiente. Como sucedió en el caso de Gregorio Ordóñez, hay que destruir hasta la lápida del cementerio. Por algo los familiares se llevaron los restos del concejal de UCD a Eibar. Imagino que mis familiares de la rama 'Txanpaña' de los Elorza azkoitiarras rechazarían mi pretensión de ingresar en el panteón familiar. No tengan cuidado.
Hay, sin embargo, algo más grave que todo lo anterior. La insensibilidad de los culpables sería un problema personal. La significación política del caso se deriva de la pretensión de acorralar a la víctima, empujándola a lo que es el centro de la pretensión abertzale: expulsar al otro. Y sobre todo de la afirmación reiterada, por parte de nuestro personaje principal, Aspiazu, de que tiene el pueblo, o la gran mayoría del pueblo, a su lado. Los acontecimientos le han dado la razón, si bien aquí cabe advertir que, entre la violencia y el miedo, gana siempre la violencia. En cualquier caso, los ciudadanos de Azkoitia se han atenido en su mayoría al tipo de conducta definido por Goldhagen para Alemania en tanto que 'verdugos voluntarios'. El alcalde, Asier jauna, en primer término, poniendo en práctica la hipocresía cómplice tantas veces mostrada por el PNV: los etarras tienen derecho a 'la reinserción'. ¿Y quien lo niega? Desde luego, no la familia de Baglietto. Ahora bien, una reinserción sin arrepentimiento ni respeto a las víctimas, siquiera en el orden humano, es de nausea. Y esto es lo que tuvo lugar en Azkoitia, sin que Zapatero ni Patxi López ni Peces-Barba hayan estado a la altura de su responsabilidad moral. Habría sido hermoso ver al comisionado para las Víctimas del Terrorismo en Azkoitia, para una visita a la concejal acosada, viuda de Baglietto. (Me pregunto: si no se está a la altura del cargo, ¿para qué seguir?). En lo que me toca, parafraseando a Alberti, mientras no sean restaurados los valores democráticos, y la mayoría de la población, por muy nacionalista que sea, no se alinee con la víctimas, carece de sentido pisar siquiera Azkoitia, y lo mismo vale para cualquier otro lugar de Euskadi en que tales cosas puedan suceder. El dolor y el desprecio se encuentran unidos en este punto. ¿Por qué en nuestra tierra nacionalismo ha de resultar incompatible con vida democrática?