El Correo Digital
Miércoles, 8 de febrero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Un señor con bigote
Si se dan ustedes cuenta, buena parte de los asuntos que se refieren a la política nacional y que aparecen a diario en las primeras páginas de los periódicos, en las tertulias televisivas y en las emisiones de radio carecen por completo de importancia. Me pregunto, y sé que no sólo yo, si salvo a la derecha recalcitrante y eternamente enojada, el Estatut catalán le importa a alguien y si el español común se acuesta cada noche agobiado por la angustia insoportable de levantarse a la mañana siguiente con el país desmembrado e irreconocible. Pues yo no lo percibo en mis conversaciones cotidianas, salvo si me encuentro por las calles con alguno de esos pelmas que han hecho de la agonía un modo de vida y que disfrutan como masoquistas con el dolor profesional que supone verlo todo del color de la brea.

El gran problema de este extraño país es que cierta gente convierte en tragedia nacional todo lo que no tiene la menor relevancia. A lo largo y ancho deambulan los parados, los sin techo, las casas que se derrumban, los aeropuertos que no funcionan, los coches que se estampan en la carretera cada fin de semana, los hombres que golpean hasta la muerte a sus parejas, los sueldos que no llegan a fin de mes, las deudas acumuladas hasta que la muerte nos separe y otras amenas calamidades y el personal se dedica a clavar alfileres en un muñequito con bigote y calvicie de tendero antiguo llamado Carod Rovira. He oído clamar contra este peculiar sujeto en la barra del bar pidiendo su escasamente artística cabeza a gente de apariencia cuerda, como si les fuera la vida en ello. Mientras tanto, las verdaderas calamidades que sufre el mundo sólo merecen una mirada de reojo hacia el televisor de la tasca.

El muy poco agraciado señor Carod se ha convertido en el chivo expiatorio por excelencia y aunque bien es verdad que su capacidad para resultar cómicamente antipático parece inagotable, tampoco creo que sea para tanto. A él se le nota que está encantado con su papel y que cada vez que acude a la capital del Reino sabe que excita las bajas pasiones políticas como nadie, propiedad que le convierte en la bruja del cuento con escoba y cucurucho. Y lo dicho: mientras, lo importante pasa de largo sin que nadie repare en ese trayecto furtivo. Este señor que habla un catalán que parece postizo y que usa camisas oscuras como las de los sicarios de Lucky Luciano ocupa el centro de la vida nacional (perdón, estatal) como el amo del alborotado cotarro. Y se nota que es feliz como un niño y que no se cambiaría ni por George Clooney.



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