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Miércoles, 8 de febrero de 2006
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SOCIEDAD
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Aplazar las responsabilidades
La procrastinación, la costumbre de dejar las cosas «para mañana», destapa la debilidad y la dejadez de las personas que prefieren retrasar hasta el infinito la toma de las decisiones
Aplazar las responsabilidades
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Entre hacer las cosas precipitadamente y dejarlas pendientes 'sine die' hay un término medio al que pocas veces nos atenemos. Nuestra condición de sujetos modernos, productos de la aceleración y del estrés perpetuo en unos tiempos veloces, nos conmina a actuar con rapidez de reflejos en busca del resultado inmediato. Pero al mismo tiempo, dado que estamos poco adiestrados para el esfuerzo y nos repugnan las actividades que comportan dificultades u obstáculos, hay otra fuerza opuesta que nos empuja a diferir las tareas, a abandonarlas cuando aparece el menor escollo, a aplazar acciones y decisiones. Es lo que se ha dado en llamar la «procrastinación».

El verbo procrastinar deriva del adverbio latino cras ('mañana'). Se refiere, pues, a lo que coloquialmente entendemos por «dejar para mañana», si bien el significado del término está lejos de la idea de prudencia, de reflexión o de paciente parsimonia. Procrastinar es sinónimo de aplazar por debilidad, por pereza o por dejadez, como el estudiante que pasa el curso sin sentarse frente a los libros y sólo los toma en vísperas del examen o como el indolente que no acaba de llevar a término su determinación de abandonar el tabaco o de ponerse a dieta.

Es como si un grillete paralizador les impidiese la puesta en movimiento. Contra lo que suele creerse, los procrastinadores pocas veces son personas irresponsables que descuidan sus obligaciones. Generalmente presentan el perfil del inseguro -o de su otra cara, el perfeccionista- a quien la menor iniciativa se le presenta como una empresa titánica. La va postergando a la espera de un momento más propicio que nunca llegará, pero en esa postergación engendra nuevos sentimientos paralizantes. Entre ellos, el de culpa. La mayoría de los procrastinadores, aunque atribuyan sus aplazamientos a circunstancias externas, alimentan continuos reproches contra sí mismos, se sienten débiles e inconstantes y rumian su arrepentimiento por estar perdiendo el tiempo. Es un alto precio en términos de coste emocional.

Ni hay un perfil uniforme de procrastinador, ni el aplazamiento de tareas se da más en unas actividades que en otras. Puede ocurrir con las labores domésticas, con los compromisos sociales, con pequeños trámites pendientes, con discusiones necesarias y con asuntos laborales. Se dejan para mejor ocasión como si de esa forma fueran a resultar más fáciles o «madurasen» por sí solos hasta llegado el momento supuestamente oportuno.

Pero ocurre lo contrario. Hay cosas que, hechas a las primeras de cambio, apenas acarrean molestias y sin embargo con el paso de los días y las semanas se van convirtiendo en auténticas montañas. No sólo porque 'acumulen intereses' sobre el sujeto en forma de preocupaciones y de culpas, sino porque van atrapándole en una red de pequeños problemas prácticos -el 'síndrome de la agenda ocupada'- que agravan su sensación de impotencia y empeoran su situación: no logran cumplir los plazos de entrega, pierden amistades y originan malentendidos. En los relatos de la mayoría de los procrastinadores figura invariablemente el mismo episodio: ese momento en que, a última hora y de mala manera, improvisan apresuradamente lo que podían haber hecho mejor y con más calma tiempo atrás. Unos se ven salvados por la campana, otros perciben el mal gusto de boca que queda después de haberse complicado extraordinariamente la vida para algo tan sencillo. Y entonces se dicen que no volverá a ocurrir, que la próxima vez actuarán con más resolución, que no se dejarán vencer por la pereza ni por los miedos infundados, que ya es hora de tomar las riendas de los propios asuntos, pero lo más probable es que en la siguiente ocasión vuelvan a actuar igual. Porque, al margen de causas más profundas, la tendencia al aplazamiento sistemático se nutre del autoengaño.

Excusas

El miedo a realizar una tarea consume más tiempo y agota más energías que la tarea en sí misma. Contra la impresión extendida de que los procrastinadores son holgazanes, está la realidad de muchas personas ocupadas en un frenesí de labores secundarias o ajenas al objetivo que deberían perseguir, lo cual le sirve de excusa para no tomar ese toro por los cuernos.

Por miedo a tomar decisiones podemos vernos abocados a conflictos mayores que exijan decisiones más graves y dolorosas. Sólo pensar en la cantidad de asuntos aplazados durante semanas o meses que se pueden resolver en pocos minutos bastaría para concluir en lo absurdo de la procrastinación. Pero las actitudes irracionales -y ésta es lo es- no atienden a soluciones lógicas, sino prácticas. He aquí algunas de ellas. Suele ser útil, por ejemplo, no afrontar las tareas como un todo sino divididas en pequeños tramos más manejables: en vez de pensar que hay que estudiar un temario completo, plantearse el estudio de cada lección por separado; en vez de la «limpieza general» de la casa, pensar en los suelos y, una vez hechos éstos, ocuparse del cuarto de baño y así sucesivamente. Conviene asimismo empezar por las partes menos placenteras; de ese modo, el resto no sólo resultará menos molesto, sino que incluso puede tomarse como una recompensa más o menos satisfactoria.

Otra fórmula útil para los procrastinadores consiste en comprometerse por voluntad propia a hacer regularmente actividades molestas en pequeños lapsos, a modo de entrenamiento. Cualquier cosa con tal de recuperar el control de la propia vida, que es lo que, en definitiva, más debería preocupar a quien tiene la costumbre de dejar para mañana lo que puede hacer hoy.




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