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Jueves, 9 de febrero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Danzad, malditos
Al ser humano le gusta creer en los milagros: invoca a Santa Rita o a San Cuponazo con la misma desvalida y enfebrecida fe. Quienes deseen controlar el poder han de saber manipular esta imperiosa necesidad. La religión regala el paraíso celestial; las ideologías, el paraíso terrenal, o casi. Cuanto más fanáticas, más místicas; cuanto más poderosas, más irracionales. Y no iba a ser menos el Mercado, ese visionario dueño de nuestras almas y escasas neuronas. Sus ideólogos han puesto al día la lámpara de Aladino y ofrecen, vía concurso, la posibilidad de escapar a la miseria bajo la presión de un golpe de suerte. Concursos de toda condición ofrecen solución a la miseria a cambio de comprarnos primero el alma, después el cuerpo. A veces, incluso se cobran con la vida, como en el caso de la multitud agrupada en un Estadio filipino a la espera milagrosa de resultar elegidos para un concurso donde podrían ganar un coche, unos billetes... Lo que sea, amén de unos minutos de gloria en la pantalla.

A mayor crisis, mayor número de concursos; a mayor impotencia, mayor morbo y más exigencias del guión. Unos concursan y el resto, sentados en el sofá de su hipotecada vida, contemplan, animan, sufren y envidian la suerte del concursante. La ventura ya no depende de nuestra voluntad, sino de resultar elegidos para participar en el festivo azar de un concurso; el futuro de nuestros hijos ya no depende de su esfuerzo sino de entrar y salir, a ser posible de forma escabrosa, de alguna casa televisada y poder, con semejantes méritos, entrar en la rueda de los opinantes cutres y cotillas de cualquier programa.

Los dueños del mercado han conseguido el milagro de la dependencia absoluta en sus ciudadanos. Tan ocupados e implicados en la mala o buena estrella de algún memo afortunado por entrar en el baile de un concurso, ni se enteran de cuanto sucede en el mundo. Tan fanáticos como esos pobres desgraciados manipulados por la miseria, la desesperación y las religiones, venden sus escasos sueños al concurso global. La vida no nos pertenece a nosotros, sino a quienes manejan el gran baile del azar manipulado.

Y como en aquella vieja y dura película americana ambientada en plena crisis de finales de los años veinte, nos obligan a bailar hasta la extenuación para que el espectáculo continúe. 'Danzad, malditos', exigía el guionista. Después, cuando el mercado necesite regular el numero de humanos y poner al día los almacenes de armamento utilizará la misma propaganda para vendernos otra guerra. Fácil: se trata de cambiar el premio del coche por el premio del honor patrio.



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