La manifestación mas clara del carácter superior de nuestra inteligencia con respecto a la de los demás animales es la duda, la conciencia de la incertidumbre. Las estrategias instintivas de los otros, aun las más perfeccionadas por la evolución, son seguras. Tal vez erróneas, como la del erizo que sorprendido por los focos del coche opone sus púas al rugiente enemigo que se acerca, pero indubitadas. El pobre animal sobreestima con mucho sus defensas. Se equivoca, pero no duda.
El problema de la asunción de nuestra ignorancia es que genera ansiedad y angustia. El ser humano es el único que sabe que morirá, pero a pesar de la certeza de su derrota final, lucha por vivir más y mejor.
Para alcanzar esa 'buena vida', para resolver la angustiosa presencia de la duda, desarrollamos, básicamente, dos estrategias : la investigación y la creencia.
La primera es, más que nada, una manifestación del genio del individuo. Es la persona la que duda, reflexiona y, de ese modo, se manifiesta como ser específicamente racional. El humano que razona prueba y se equivoca. Establece hipótesis transitoriamente útiles (siempre lo son) para explicar la realidad hasta que nuevos hechos tiren por tierra (falsen, que diría Popper) las viejas convicciones y abran de nuevo el misterioso cajón de lo desconocido.
Ahora bien, esta actitud 'científica' ante las incertidumbres nos conduce por un camino espinoso, duro de recorrer. Para colmo de males, nada nos garantiza, más bien lo contrario, que después de subir fatigosamente la piedra de nuestra investigación hasta lo alto de la montaña, ésta no eche a rodar por la ladera contraria como le ocurría al pobre Sísifo.
Tal vez por eso la Humanidad ha buscado siempre paliativos de la angustia de saber (ser, por tanto) que somos simplemente humanos, mortales e ignorantes. Son las creencias, expresiones sustancialmente colectivas, comunitarias, con independencia del grado de penetración que tengan en la psique de cada cual.
Buscamos eso que llamamos la Verdad. Buscamos respuestas ciertas que resuelvan nuestras inseguridades. ¿Hay algo más lógico que suponerlas acertadas cuando constatamos que nuestras convicciones coinciden con las de los demás? ¿Hay algo más tranquilizador para un estudiante que comprobar al salir del examen que su solución al problema planteado es idéntica que la de sus compañeros, con independencia de la íntima convicción de su ignorancia respecto del modo de resolver la ecuación? ¿Qué es más importante, saber o acertar?
De este modo, sin necesidad de mayores esfuerzos intelectuales, podemos abandonarnos a la confianza en un 'yo colectivo' cuyas respuestas asumimos hasta el punto de olvidar las viejas preguntas. Pasamos con facilidad de un mundo real, angustioso, a un mundo simbólico y perfecto que resuelve a través de sus oráculos, profetas o catecismos, nuestras angustias. El ritual, mil veces repetido, exorciza los demonios de la duda y nos relaja como un mantra.
Podemos suponer que tal comportamiento narcotizante es una excepción, un abandono momentáneo de nuestro carácter racional, para enfrentar las cuestiones más 'metafísicas', pero sin dejarnos llevar demasiado. No lo creo yo así. Cualquier manifestación de la vida que tenga que ver con la convivencia es terreno más que abonado para el desarrollo de respuestas simbólicas ideales (es decir, irracionales) que definan 'yos colectivos' identitarios en cuyo seno poder sentirnos seguros y confortables.
En efecto, si la respuesta que hemos convenido como más acertada para unos conflictos políticos dados (y la convivencia humana es forzosa y naturalmente conflictiva) es la que damos 'muchos' (democracia) mejor aún será aquélla que damos 'todos', pudiendo ser ese 'todos', por ejemplo, una unidad ahistórica que nos permita romper la barrera del tiempo y traer en nuestro apoyo tanto a los antepasados (que nada opinan ya) como a las generaciones venideras (que, evidentemente, tampoco tienen opinión... todavía) o una unidad de fundamento etnológico, lo que nos posibilitaría superar los límites jurídicos o territoriales del espacio político realmente existente, o religioso, lingüístico, etcétera.
La más o menos sutil sustitución de la legitimidad política exclusiva del individuo por la legitimidad política del colectivo constituye un atentado a la democracia y a la razón. Una abdicación, en fin, de lo específicamente humano. ¿Y qué ocurre si son los propios ciudadanos, o una gran mayoría de ellos, los que deciden abdicar al unísono? ¿Acaso ello no es 'democrático'?
Pues ocurre que debajo de construcciones políticas simbólicas conformadas por materiales tan nobles como la religión, la historia, la etnia común, la lengua compartida o añorada, etcétera, encontramos agazapados, prácticamente siempre, intereses materiales de personas o grupos reales, lo que, por cierto, no resta un ápice de idealismo a la fe política de los creyentes.
¿Entonces qué hacer? No lo sé. Yo tampoco tengo la respuesta. De cualquier modo, creo que lo más saludable sería desarrollar una cierta desconfianza respecto de argumentos políticos que no hagan directa y sola referencia a ventajas e inconvenientes identificables y contabilizables (contantes y sonantes) y huir como de la peste del atractivo de conceptos tales como fe, pueblo, patria, nación, clase, Historia, bandera, identidad, etcétera... Suelen, por lo general, ser mentira y, lo que es peor, acabar fatal.