Lleva un 'tailleur' 'chez Dior', tacones cercanos al suplicio de las vértebras, peinado bien moldeado en cabeza decidida, porte de mujer moderna y agresiva, perfumada con el aroma de un tiempo competitivo. Luce el brillo de las horas voraces hacia un futuro dorado en la muñeca; una cartera de piel de impecable factura y selecta marca y un prestigioso periódico de economía y negocios bajo el brazo; camina con pasos seguros, va pisando fuerte la imagen de la emprendedora directiva que estereotipan la publicidad y las revistas satinadas. Informa el 'Financial Times' que numerosas directivas en cargos superiores se dan de baja en la ambición profesional y a partir de los 'cuarenta', edad-estigma de las féminas, dimiten cuando han logrado altas responsabilidades en la empresa.
Y todo indica que las mujeres con cargos no los abandonan sólo para consagrarse a la familia en detrimento de su carrera, más bien los dejan en general porque no están satisfechas. Porque están hartas. Porque, además, según indican los estudios, tienen bastantes ideas preconcebidas que son las que imperan en un mundo empresarial dominado por los hombres. Las mujeres han interiorizado los estereotipos masculinos evocando su pretendida incapacidad para dirigir lo que supone un freno a su ascenso laboral.
Los clichés sexistas gozan de vida duradera. Las razones que los explican componen una letanía familiar: la maternidad es una rémora en el momento decisivo de poner a prueba la valía femenina frente a semanas de 80 horas y vorágine viajera en clase 'busines'. A sí mismas se consideran más duchas en funciones administrativas, recursos humanos, marketing... Sin embargo rehuyen las competencias en materia de gestión. Varones y hembras sostienen que unos y otras son mejores en distintas facetas. Las jefas valen para una cosa y los jefes para otra. Afirmaciones todas que desmienten la verdad fundamental y constatada de que no existen apenas diferencias entre estilos de dirección en función del género. El problema estriba en que los dos sexos, ciegos por sus prejuicios, no admiten la realidad. Ellos y ellas, cuando dirigen lo hacen igual de bien y de mal pese a que ambos sexos, igual que dice el bolero, no conciban esa razón.