«No recuerdo nada. Ni de los dos días anteriores al accidente ni de los tres posteriores. Sé que aquello me marcó, me cambió la vida, pero mi mente lo borró». Para eso están las fotografías, para recordarle a Jaime Salvá que nació de nuevo el 27 de abril de 1985, cuando ya tenía 23 años y vestía un maillot del equipo Hueso. Para eso permanecen también los pliegues tallados en piel que le dejaron 87 puntos de sutura.
Hay dos imágenes que unen al doctor Fernando Astorqui y a Jaime Salvá con más de dos décadas de distancia. La primera viaja a través de la memoria colectiva del ciclismo desde aquel sábado en una calle de La Coruña, cuando un perro saltó desde un balcón como un cuchillo y tajó el pelotón de la Vuelta. El escalofrío tenía apellido. Salvá, con la vida coagulada en la sangre que ahogaba su garganta y arrojado con convulsiones sobre el asfalto, permanece en el recuerdo de millones de espectadores. Y con él, Astorqui, que a bocados le sorbió la sangre que le asfixiaba. «Le explotó la cara». Ayer, tanto tiempo después, los dos volvieron a reunirse con motivo de la Challenge de Mallorca, a juntar las dos fotografías que enmarcan una vida.
«Fue la situación más comprometida que me tocó vivir como médico de la Vuelta», recuerda Astorqui. Y 'corrió' treinta ediciones. Lo tiene todo bien archivado en la retina: aquella bajada hacia el centro de La Coruña, el olor eléctrico de la tensión, el filo de la velocidad entre calles. Y sobre todo, el sonido que anunciaba la tragedia: un 'pastor alemán' asustado invade la calzada, un ciclista impacta, luego otro y otro. Hasta una veintenta. Chirrían los frenos de las bicicletas y los coches... Los médicos, Grande y Astorqui, salieron como resortes de los coches para repartirse la faena. Encontraron dolor y sangre. Y a Salvá. «Fue un golpe inesperado. Son los peores. Jaime se quedó tumbado boca abajo, inconsciente, sangrando por la nariz y la boca». El rojo sobre el asfalto asustó a los compañeros del ciclista mallorquín, y le dieron la vuelta. Fue un error. «Así, la sangre en vez de fluir hacia fuera, comenzó a hacerlo por la tráquea». Anegado en su propia sangre.
Convulsiones
Cuando un elemento extraño intenta atravesar la glotis para alcanzar el pulmón, el organismo reacciona con un espasmo, se cierra el paso a la tráquea. Es un mecanismo de defensa. No deja pasar la sangre, pero tampoco el aire. Un nudo mortal. Así encontró Astorqui a Salvá: la nuca contra el fondo de asfalto, el rostro partido y sangrante, con la piel tiñéndose del color del final, azul. «Había corredores a su alrededor, muy asustados». Entonces intervino el instinto del médico bilbaíno: «Actué sobre las mandíbulas para liberar las vías respiratorias». Nada. Las convulsiones eran aún más inquietantes. Astorqui recurrió al tubo de Guedel para desatascar la garganta. Tampoco. Demasiada sangre. Y el resto de los utensilios de reanimación estaban en el coche. A sólo unos pasos; demasiado lejos para Salvá. Apenas palpitaban ya los bordes de las heridas del ciclista. El diapasón se detenía. Tic, tac.
«No tuve más remedio que aspirar con mi boca la sangre a través del tubo e ir escupiéndola y, alternativamente, insuflarle aire en los pulmones». Astorqui no recuerda bien el tiempo que estuvo así, abriéndole paso a la vida de Salvá. «Sólo sé que fue angustioso». Y vital. Salvá comenzó a reaccionar, se había roto el nudo.Volvía el zapateado del corazón. El coro de lamentos se reconvertía en una canción de ánimos. Cuando le auparon a la ambulancia que le llevó al Hospital Juan Canalejo de La Coruña, el corredor ya huía de su estado comatoso. Allí, en el centro, fue intervenido por un cirujano maxilofacial. Le cosió el rostro, le ordenó la destrozada cara. Salvá conserva como testigo impreso un mapa de cicatrices. Astorqui le concedió aquel día el tiempo para que cerrasen las heridas. «Luego, con todo ya bajo control, el doctor Grande y yo sentimos la relajación que viene después de momentos de tanta tensión. Hasta entonces no me había dado cuenta de la sensación de náusea que tenía al haber tragado sangre». De noche, Astorqui visitó a Salvá en el hospital. Todo bajo control. «Ese día el doctor Grande y yo dormimos maravillosamente».
Al belga Ludo Loos, aquella caída le truncó su carrera deportiva. Víctima de una lesión cervical. Salvá pudo correr dos años más. Del Zahor pasó al Teka -«estuve a punto de debutar en el Tour, pero a Linares le impusieron que llevara a los que más cobraban»- y luego fichó por el Dormilón, aunque ya nunca fue el mismo. «Aquella caída fue mi hecatombe. Frenaba sin darme cuenta. No tenía miedo, pero frenaba». Lo dejó. «Tenía sólo 25 años y creo que hubiera sido un buen ciclista. Simplemente, no podía seguir».
Tiró hacia el negocio familiar y se dedicó a las canteras. Hoy es concejal de Deportes del Ayuntamiento de su pueblo, de Llucmajor. Y ayer estuvo con su salvador, su amigo desde entonces. De aquella tarde de abril en La Coruña quedan tres imágenes, la de un principiante Induráin con el maillot de líder de la Vuelta, la de Eddy Planckaert celebrando la victoria y la fotografía en rojo del tremendo susto que contuvo la respiración de Salvá y también la de millones de telespectadores.