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Jueves, 9 de febrero de 2006
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ANÁLISIS
Una esperanza
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De la misma forma que Woody Allen siempre ha soñado con reencarnarse en las yemas de los dedos de Warren Beatty, son muchos los humanos que se reencarnarían a ciegas en un futbolista profesional. Ciertamente, no se antoja un mal plan eso de ser un joven atlético, rico y famoso, de esos que lo tienen todo a su merced con sólo chasquear los dedos y van por el mundo provocando entusiasmos y suspiros. El problema, claro está, es que todas las vidas tienen un reverso de sombra y en la de un futbolista -lo mismo que en la de Warren Beatty- hay también momentos muy poco envidiables. Pongamos por caso el momento que atraviesan los jugadores del Athletic.

No hace falta tener mucha imaginación para hacerse una idea del estado de preocupación en el que viven los futbolistas rojiblancos. Saben el dolor que pueden llegar a causar y saben que nunca se librarían del estigma del descenso. Por otro lado, tampoco es difícil imaginar en ellos un sentimiento casi general de irritación con sí mismos por el bajo rendimiento ofrecido esta temporada, y otro de extrañeza y malestar ante lo sucedido con su equipo en el último año. La verdad es que tienen que alucinar con lo que están viendo y escuchando; lo último, las jeremiadas de su entrenador que, en vísperas de enfrentarse al Real Madrid, se fue a la capital a teorizar sobre la filosofía del club y a decir que su equipo «es inferior en todo» al conjunto blanco y que para él fue «un papelón» hacerse cargo de esta plantilla.

Pues bien, en esta tesitura, con el equipo amenazado por la picota del descenso y la moral en las alcantarillas, llega el sábado el mejor Real Madrid de los dos últimos años, un bloque en racha que, tras meses perdido en ensoñaciones galácticas, acaba de descubrir que la sencilla combinación de trabajo y sentido común es un bálsamo de Fierabrás para los equipos con talento. Sobre el papel, pues, el partido no puede pintar más negro. El Athletic parece condenado de antemano. No juega al fútbol y no se reconoce en su indigencia. Ni siquiera los buenos precedentes de campañas anteriores sirven de consuelo. Los últimos optimistas se rindieron en La Rosaleda. Además, faltarán Yeste y Etxeberria. En fin, que la cosa no puede estar peor.

Quizás por ello, porque la cosa está tan mal que uno comienza a fantasear sobre la desesperación en clave cinematográfica y ya se imagina a los jugadores del Athletic como a unos colonos del Oeste heridos, hambrientos, sin apenas municiones y rodeados de comanches -algo así-, tengo una esperanza para el sábado. Reconozco que es débil. Pero la tengo, es bella y me gusta. Es la vieja esperanza del acto heroico en las peores circunstancias posibles; una esperanza que me hace ver a los jugadores del Athletic antes de salir el sábado a campo abierto para enfrentarse a un enemigo «superior en todo». Están en los vestuarios, en silencio. En ese momento, no piensan en presidentes, directivos o entrenadores. Sólo en ellos mismos. Esto es cosa suya. Les veo con los dientes apretados, tensos y decididos, cómplices en una aventura incierta, mirándose a los ojos buscando en sus miradas lo que queda del orgullo común y de la valentía perdida que siempre demostraron los de su estirpe; juntando sus manos y sabiendo que comparten una misma ilusión ardiente de desquite y de reparación. Que son el Athletic. Luego juegan y ganan.

Ojalá no sea una película.




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